Destrozada
Iba en el colectivo lamentándome por no haber llevado mi cédula a la embajada por lo que perdí el viaje. Allí iba con mi reconcomio, o como dicen en la Argentina, haciéndome mala sangre, preocupándome en exceso por algo que seguramente no se merecía tanto.
En eso, me sacaron de mis pensamientos unos fuertes toquidos. Yo estaba bien cerca de la puerta, volteé y lo vi afuera, era un muchacho de unos veinticinco años quien golpeaba y le gritaba al colectivero que le abriera, porque ya habían pasado dos colectivos y no habían parado. Que le abriera, que él tenía que ir a laburar (varias veces he presenciado esta escena en Buenos Aires).
El colectivero continuó su marcha lenta porque había tráfico. Los golpes se hicieron más fuertes. Me dieron ganas de decirle al chofer que nada le costaba abrir la puerta, pero no lo hice porque ya me han mentado la madre por meterme en lo que no me corresponde.
El chico golpeó, golpeó, cada vez con más fuerza, hasta que rompió la puerta de vidrió la que cayó destrozada. De su brazo brotó un gran chorro de sangre. Siempre pensé que esos chorros eran exageraciones de las películas de terror, no lo son.
El colectivero dijo: "Pero este pelotudo, ¡cómo me va a partir la puerta!".
No aguanté más: "¡Qué importa la puerta!, tenga un poco de compasión".
Los pasajeros reaccionaron: "Llévelo a un hospital". "Ese pibe puede morir".
El chofer abrió, y todos nos bajamos despavoridos.
La hemorragia era enorme. Una escena dantesca. La sangre brillante salía de su brazo a presión y no paraba, como no paraba yo de mirarlo acercándose a la vereda dejando el asfalto chorreado de desastre.
Me dieron ganas de llorar. Un señor se sacó su corbata y le hizo un torniquete. Se agruparon varios a su alrededor. "Tranquilo, tranquilo".
Me acerqué para verle la cara. Tenía la mirada perdida. No pude verlo más. Me sentí perdido, mareado, me pregunté mil veces: ¿qué mundo es éste?
Sin saber qué hacer, me metí en un banco para cambiar monedas. Estando en la cola se me bajó la tensión. Me fui a sentar. Perdí mi lugar en la fila. Rogué que ese muchacho se pusiera bien, en eso escuché la sirena de una ambulancia.
Deseé con toda mi intensidad que tanto yo como el mundo entero aprendamos que de nada sirve hacernos mala sangre.
En mi país, a actuar moderadamente se le dice "usar la mano izquierda", creo que es porque es la mano que está más cerca del corazón, y fue con la mano derecha que le dio este pibe a esa puerta hasta destrozarla, al igual que a su paz, y la nuestra.
Rosnel Rodriguez dijo
Duquesito, excelente, me encanto este post! ya te agregue a mi blog. Un beso enorme.
11 Septiembre 2010 | 01:05 AM