¡Eh amigo!

Ya que estoy en Río decido ir a Sao Paulo. Me explican que para comprar el boleto de bus vaya a “Rodoviária”. En la parada le saco la mano al ómnibus que dice: “Rodoviária” y el chofer (motorista), negro, bien gordo, abre la puerta y me grita sonriendo: “¡Eh, amigo!”. Cuando entro me extiende su mano, le doy la mía, me la aprieta con fuerza y vocifera: “Muito bom!” Me da risa, pago el pasaje, y veo que el cobrador también ríe. Al sentarme pienso que tanta efusión en un recibimiento no la dan ni en los tours contratados. La alegría sincera vale más que todo y no se puede comprar.
Saco mi libreta de notas para anotar lo que acaba de pasar y recordarlo a la hora de escribir sobre el humor carioca. Y en eso, escucho al chofer que comienza a cantar a todo gañote. Su voz es melodiosa, la letra de la canción repite: “Meu coração, meu coração”.Volteo alrededor para ver a los otros pasajeros, algunos le prestan atención, ríen, niegan con la cabeza, otros miran para afuera como si no estuviera pasando nada particular.
El motorista deja de cantar porque ve a una exuberante garota que cruza la calle en minifalda, tacos, sobándose la melena, le grita: “Amor, sobe que nós vamos para onde vocâ quiser!”. Una vez escuché que gritar era una de las mejores formas de drenar el estrés. Esa debe ser una de las razones por la que los brasileiros lucen tan despreocupados. Acá es bastante normal escuchar alaridos de alegría o de reclamo.
El chofer vuelve a cantar. Hay mucha cola, el bus está detenido y un obrero (negro también) de una construcción que tenemos al lado comienza a cantar con él. Ya esto me parece demasiado. Me siento inserto en una comedia musical. Ambos tienen ritmo y buena voz, saben que la música les pertenece. En la estación del Metro Praça Onze leí que toda la vida el ser humano convive con un ritmo marcado por su corazón.
El tráfico está muy pesado, pero eso no molesta al chofer que cuando no canta, grita: “Queridoooo isto está parado!” –dirigiéndose al chofer de al lado–. Luego le señala al cobrador a una gordita que pasa por la calle: “Ela é feia mas não se preocupa, com o que sabe ou que pode fazer”. Le pregunta a otro chofer de autobús si puede hablar con una pasajera buenamoza que está sentada en la primera ventanilla, y luego le pregunta a esa pasajera: “Oi gata, eu posso falar con ele?”, refiriéndose al chofer.
Así sigue la marcha, él le grita a todas las mulheres voluptuosas que ve al pasar. Intenta adivinarles sus nombres: “María!”, “Isabela!” “Leopoldina!”. Le encantan las rubias. Este es un país de contrastes, Pelé con Xuxa. Es experto, como muchos acá, en hacer juegos con el lenguaje, sabe decir cosas que suenan bien, que tienen gracia, a veces como rapero: “Vocé tem, tem, tem”. A veces como cantante de música góspel: “Vocêêê”.
Pienso que este chofer celebra todos los días de su vida la abolición de la esclavitud. Me parece un ejemplo a seguir. Así deberíamos trabajar todos: ¡disfrutando! Se me viene a la cabeza que él se merece un reconocimiento porque le mejora el humor a la gente, y decido dedicarle un breve texto, tomarle una foto y también grabarlo un poco con mi MP3. Pero también me viene la idea de que posiblemente él se siente frustrado al final del día porque es un artista, un “standupcomediante” que maneja un autobús para ganarse la vida.
Al llegar a Rodoviária, le digo “muito, muito obrigado”, y si supiera hablar un poco más de portugués le hubiera preguntado su nombre, o mejor su apodo porque de seguro tiene alguno, y también le habría dicho que si hubiera más choferes como él, más gente dejaría el auto en casa, y así hubiera menos tráfico. Aunque con la vía despejada tal vez él no hubiera cantado ni gritado tanto, así que como es, es perfecto.
Allá en Río seguirá conduciendo este motorista gozón que ríe, y yo, días después, aún me río con él.
Erica dijo
Que o Brasil tenha marcado seu coração com o ritmo da alegria! :)
2 Noviembre 2009 | 01:20 AM