Paraíso perdido
Cuando Ale me dijo que estaba embarazada no lo pude creer. No lo buscábamos. Entre lágrimas decidimos que naciera. Nuestras vidas darían un gran vuelco que aceptamos con miedo. Cuando le conté a mis padres, ellos no pudieron ocultar su alegría, en cambio, los de Ale armaron un escándalo, incluso asomaron la idea de un aborto.
¿Cómo haríamos?, ¿Dónde viviríamos? No había respuestas.
Poco a poco fuimos inventando. La boda de rigor, muchísimo menos fastuosa a la imaginada por Ale durante años. Un apartamento alquilado. Citas al doctor. ¡Será niño! Escogimos el nombre. Arturo. Meses de ajustes. Espera, miedos. El parto. Arturo falleció. Ale también.
Pasé más de dos meses recluido en casa, la de mis padres, a donde volví. Me despidieron del trabajo por mis ausencias recurrentes. La mayoría de mis amigos me había dejado de llamar, desalentados por mis negativas. Sólo Federico persistió, "Anda Andrés, contéstale", me dijo mi mamá. Lo hice para complacerla. La idea de Fede me pareció descabellada. Irnos a la Gran Sabana a encaramarnos en el Roraima, el tepuy más grande de todos. Fede tenía meses trabajando en Expedición, un programa de TV que documentaba parajes naturales venezolanos. No conocía a sus compañeros de trabajo, y me sentía sin fuerzas, ni para subir las escaleras de mi edificio me alcanzaban las que tenía.
Sin embargo, acepté. Había escuchado que la concentración de energía de los tepuyes era tan fuerte que muchos que los recorrían enloquecían. En esos meses había sentido varias veces que en cualquier momento perdería la razón. Necesitaba hacer algo o no habría vuelta atrás, y esa llamada significaba eso, algo, ¿la mano salvadora? Fede se rió cuando le dije que yo no sabía escalar. El ascenso sería en helicóptero.
Justo una semana después, estábamos sobrevolando el río Orinoco y la selva amazónica, escuchándole al jefe de la expedición que los pemones creen que los tepuyes son dioses que quedaron petrificados.
Al instalarnos en la posada, salí a conversar con el muchacho que nos ofreció sus artesanías en la entrada. Quería indagar acerca de los casos extraños de los que tanto se hablaba que ocurren en la Gran Sabana. Pune, así me dijo que se llamaba, me mostró unos dibujos hechos por él. En todos había una de luz que rodeaba a las inmensas formaciones rocosas. Según él, era común ver luces a su alrededor cuidando a sus dioses protectores que ahora sólo dormían, pero que algún día despertarían. Me contó que mucha gente bajaba de los tepuyes muy cambiada. "¿De qué manera?"- le pregunté. No contestó, dijo que se tenía que ir, se fue corriendo.
Entré y le pregunté a la dueña de la posada acerca de los casos extraños que ocurrían con los tepuyes. Me contó que una noche se despertó por un ruido, cuando se asomó por la ventana vio bajar del Roraima una "bola de fuego", que antes de llegar a la tierra desapareció. No quiso hablar más. Me acosté preguntándome cómo no se sabía más acerca de esto.
A la mañana siguiente, le pregunté al guía de la excursión. "En ocasiones se producen distorsiones del campo visual por el contraste entre la falta de luz y el brillo de las estrellas. Son meros efectos de percepción óptica"- me respondió para aquietarme, pero no le creí, y le conté a Fede que tenía miedo de subir. Se rió, y entre bromas y empujones me obligó a recoger mi mochila y a correr al helicóptero que nos esperaba.
Al llegar a la cima, la sensación era la de estar en otro mundo. Había plantas con hojas gigantes de colores que jamás había visto. Pequeños riachuelos, diminutos lagos, un oasis rodeado de cuevas con estalactitas que formaban figuras hechas de rocas multicolores... El grupo estaba fascinado. Cuando volteé a mirar una palmera, no vi un hueco. Caí. Me fracturé un tobillo.
El médico del grupo me enyesó. Me armaron una carpa, y acordamos que los esperaría allí por un día y una noche. No había forma de ser buscado por el helicóptero y ellos debían terminar de grabar el recorrido hasta el otro extremo de la cima. Fede me preguntó si quería que él se quedara haciéndome compañía. Me negué, lo convencí de que siguiera con el grupo. Nada me pasaría, estaría "todo bien".
Ellos me dejaron comida y me abrazaron todos. Al alejarse, Fede que iba de último me gritó que menos mal que no me fracturé la mano, porque ¡así podía hacerme unas cuantas pajas! No quise salir de la carpa. Me habían advertido que nosotros éramos el único grupo en ese momento en el Roraima. Me dejaron un radio contacto que funcionaba a medias por las interferencias. Luché por no estresarme, el guía me había dicho que no había animales peligrosos. Me encerré en la carpa, intenté dormir, no pude.
A las 4 de la tarde cayó la noche. Una lluviecita interminable me heló hasta el alma. No tenía visibilidad a más de dos metros a la redonda. Todo lo que veía era neblina casi sólida, que perfilaba las rocas y rozaba el suelo. Comencé a sentir un cosquilleo. La sensación de soledad y de fragilidad se adueñaron de mí. Siguieron horas eternas en las que comencé a escuchar ruidos intermitentes. Eran pasos. No me atreví asomarme. Una voz me heló. Era de Ale, la mujer que iba a ser la madre de mi hijo.
"Andrés, sal para que veas a Arturito".
Unas manos tocaron la carpa. Hundieron el techo y los costados. No puedo describir lo que pasó. La locura se adueñó de mí. Tras haber perdido a mi mujer y a mi hijo me estaba perdiendo a mí mismo, pero cuando los vi... cuando vi lo mucho que Arturito se parece a mí....
Al despertar ya había amanecido, Ale y el bebé se habían ido. Salí arrastrándome con el yeso, y me encontré con la nada nuevamente. Tuve la sensación de que alguien me miraba detrás de la carpa. Era una sombra que se movía. Pasos nuevamente. Le grité que se detuviera. No contestó. A los pocos segundos las pisadas se desvanecieron. Entonces oí algo perturbador. El llanto de un bebé cada vez más amortiguado por la distancia.
A las horas volvieron Fede y sus compañeros del programa, no me atreví a contarles nada. Se asustaron por mi cara. Me preguntaron mil veces si había pasado algo, que por qué no los miraba a los ojos. Me decían que no hacía frío porque yo no paraba de temblar. Me consolaron, llegó el helicóptero y me llevaron al médico. Le rogué que me ayudara a regresar a la cima de ese paraíso perdido, en donde estuve tras las huellas de mi locura que aún no termino de encontrar.
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Los tepuyes son mesetas especialmente abruptas, con paredes verticales y cimas muy planas (aunque no aplica en todos los casos), compuestas de cuarcitas y areniscas. Son característicos del denominado Escudo de las Guayanas, principalmente en la zona de la Gran Sabana venezolana.
monika dijo
oh santo cielo... pobre tio estaba bien salado...pero la tristeza lo llevo a que fuera con su amigoi y la metida de pata lo obligo a quedarse alli para tener el encuentro... lo lograste, me transportaste a la selva (con tu narrativa impecablemnte descriptiva) y me hiciste suspirar, senti compasion por tu personaje...gracias
27 Febrero 2007 | 04:46 AM