Pasiones

Adaptación de “El Solitario” de Horacio Quiroga (Cuentos de Amor Locura y Muerte)
Hace un siglo, en las cercanías de Santiago de Chile, vivían en un taller de joyería una pareja de recién casados. Él era joyero, se llamaba Juan Lorenzo y era bastante enfermizo. Tenía una apariencia descuidada, cuerpo enflaquecido y su rostro estaba en parte cubierto por una rala barba negra. Juan Lorenzo era de sentimientos nobles, bondadoso, honesto, y amaba profundamente a su esposa.
Ella se llamaba Catherine. Era una joven de origen callejero, de una belleza física inigualable. Su cuerpo era esbelto, sus ojos verdes y su cabellera abundante y rojiza. Tenía 27 años, su marido le llevaba 13 años. Catherine era sumamente ambiciosa, se deleitaba por lucir y aparentar.
El taller de joyería, que también era su casa, era un lugar humilde, sin lujos de ninguna clase. Tenía un sótano, en donde Juan Lorenzo trabajaba todo el día. Él amaba su profesión, y contaba con una fiel clientela. Antes de conocer a Catherine había ahorrado con esfuerzo y perseverancia una suma considerable de dinero, pero desde ese momento comenzó a despilfarrar para complacerla con regalos que la alegraran.
Al mes de casados, la relación ya se había hecho insoportable. Catherine pedía lujos de forma incontrolada. Cuanto ganaba Juan Lorenzo era para ella. Él se desvelaba todas las noches trabajando para poderla complacer con sus carísimos caprichos. Ella no tomaba en cuenta los sacrificios de su marido y tomaba las joyas de los clientes para salir a dar sus paseos.
Una tarde Juan Lorenzo notó la falta del prendedor de la señora Betancourt.
- Catherine, ¿no has visto un prendedor de diamantes?
- No, no lo he visto –respondió ella entrando al estudio.
- ¡Santa Madre de Dios!, ¡pero si lo tienes puesto!
La pasión desenfrenada de Catherine, eran las piedras voluminosas, no precisamente por su valor artístico, sino por su brillo, tamaño, y, sobre todo, por su costo.
- ¡Ah! Se me había olvidado -dijo de una manera fingida.
- Te queda bien, pero vamos a guardarlo.
- ¡No!, es mío.
- Catherine, por favor...-le pidió Juan Lorenzo cargado de nervios.
- ¡Cómo te duele pensar que podía ser mío! ¡Qué vil eres! Mañana te lo doy, ahora voy a salir con él.
- No puedes.
- ¿Acaso tienes miedo a que te lo robe?
- No es eso. Podrían verte.
Catherine se arrebató el prendedor, lo arrojó violentamente y se fue a llorar a su habitación.
- No eres feliz conmigo Catherine.
- ¿Feliz?, ¡y tienes el valor de decirlo!, ¿quién puede ser feliz contigo?... ¡pobre diablo!
Al día siguiente le entregaron a Juan Lorenzo un diamante inmenso para que lo montara en su engarce. Era la piedra más grande e impresionante que había pasado por sus manos.
- Un agua admirable... Debe costar una fortuna -Juan Lorenzo tenía la costumbre de hablar en voz alta. No sospechó que estaba siendo vigilado. De pronto ella entró y le dijo:
- ¡Dame ese diamante! ¡No quiero más que eso! ¡Dámelo ya!
- Estás enferma.
- ¡Dámelo o te lo robaré!
- Ca... Catherine -tartamudeó Juan Lorenzo-. Tú no eres una ladrona.
- ¡Ahh! -rugió la mujer enloquecida- ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón!
Catherine comenzó a sollozar por horas, hasta que se durmió. En la madrugada, Juan Lorenzo dio por terminada su tarea; el diamante resplandecía firme en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio. Contempló a Catherine dormida. Le descubrió su seno izquierdo de forma amorosa, y súbitamente le enterró el diamante entero en su corazón.
Profeballa dijo
Me has recordado mi deseo que tuve dsde muy joven de dedicarme a la narrativa y que luego se apagò...serà que podrà renacer?.
saludos.
Muy buenos tus dos blogS. Gracias por la reseña y los links!
29 Agosto 2008 | 05:55 AM