Compasión por el amor de Dios
Estaba por primera vez dentro de aquella iglesia que había visto tantas veces. Caminaba cerca de allí, pregunté la hora, debía hacer tiempo, la iglesia era un lugar seguro para esperar. En Caracas la delincuencia cada vez tiene más cancha.
No me persigné al entrar, a diferencia de la señora que entró al mismo tiempo que yo. Me senté en los últimos asientos, saqué mi libro y comencé a leer. Algo llamó mi atención: el tono diferente de los rezos que proclamaba la líder del conjunto de feligreses reunidos. Pensé que era una buena idea cambiarle el ritmo a los rezos, y así evitar la repetición automática y aumentar la consciencia de las palabras que contienen.
Observé alrededor. Detallé el grupo de rezo integrado en su mayoría por mujeres mayores. Varias de ellas, probablemente por dolores en sus piernas, no se levantaban ni arrodillaban cuando correspondía. Sus padecimientos no mermaban su fe, tal vez la incentivaban.
Entraron varias personas. Se persignaron, inclinaron ante el altar, arrodillaron en un banquillo, unieron sus manos entrelazando sus dedos y entablaron una comunicación con el más allá. Una promesa, una súplica, un agradecimiento... se levantaron, volvieron a persignarse y partieron apresurados, dejando ver en sus caras la sensación de haber cumplido.
A mi derecha un hombre habló con el cuadro de un santo. Me pregunté si sólo él se enteró de lo que dijo (si es que en realidad lo sabía) o si el santo escuchó a quien le habló con tanta vehemencia.
Frente a mí: Cristo enclavado en su cruz, sus costillas a flor de piel, brotaba sangre de sus manos y pies, su cara transmitía un sufrimiento desmesurado. Pensé en la paradoja de los acompañantes de ese Cristo: vírgenes y santos con bellos trajes, coronas, aureolas, enmarcados en grandes columnas y arcos. Tan puros que aumentaban el contraste con la realidad que parecen no vislumbrar.
Un creyente se atravesó en mi paneo, se arrodilló ante Cristo y evidentemente le pedió un gran favor. De pronto, comenzó a llorar. Me conmovió. Decidí irme de esta “casa de Dios”.
Cuando salí, lo hice pensando en ese Cristo sufriente, visitado día tras día por miles que le pedían milagros. En el momento en que crucé el portal, una viejita paralítica con un bebé en brazos me pidió “una limosnita por el amor de Dios”. Le di tres monedas y miré los ojos del bebé que, al igual que los míos, pedían ‘compasión por el amor de Dios’. En las escaleras dormía una mendiga. Sus pies estaban enfermos, creo que tenía gangrena. ¿Por qué dormía allí? ¿La casa de Dios no tendría que estar abierta para ella?
Compasión por el amor de Dios.
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mony dijo
Mi Dios suplira conforme a sus promesas en gloria, Jamas me a desamparado , ni en los mas grande problemas de mi vida ,y si no llega a mi tiempo la respuesta yo confio que es por que el tiene un proposito aun mejor para mi , y cuando me falta la fe solo le pido un poco mas y el me fortalese y yo puedo ver mas claro , el estiende su mano de misericordia cuando me caigo, es fiel y grande en misericordia..... TE AMO DIOS.
21 Octubre 2009 | 09:32 PM