“KAÉDI FIYÛNÈRTF”
Llegué temprano a la cita. Decidí caminar un poco para no aburrirme. Al dar mis primeros pasos, me invadió la tristeza. Vi otros rostros, miradas perdidas, cabizbajas. Cuántos estaban conteniendo las lágrimas. Uno de los signos de la crueldad social es que las lágrimas incomodan.
Roce de miradas. Muchas vidas han cambiado de rumbo después de un cruce de atisbos inesperados.
Mi bolso pesado me recordó todo lo que tenía que hacer antes de que el sol se despidiera. Ese sol que me encandilaba y me sofocaba.
Vi un árbol con hojas color naranja. Sopló una brisa. Desaceleré el paso. Me detuve para grabar la atmósfera en mi memoria.
- “Permiso”- me dijo un tipo después de tropezarme.
Nuevamente me recorrió un sentimiento de desolación: la sociedad es agresiva, irrespetuosa. Vi un muro que tenía basura como raíces, en él había muchos afiches rotos.
Me detuve en un kiosco y leí entre líneas: “KAÉDI FIYÛNÈRTF”. Todos los diarios estaban escritos en varios idiomas que no entendía. La relatividad, lo que es crucial para millones de personas para otros millones no tiene ningún significado.
Compré un bolígrafo, al seguir caminando pensé que no lo necesitaba.
Al otro lado de la calle vi una chica encima de un pedestal acompañando a una estatua, le pintaba la boca de rojo al prócer de la independencia de apellido gracioso.
Volteé a otra dirección en la que escuché una voz que gritó mi nombre, me percaté que era un muñeco de medio metro con cara de payaso que me miraba fijamente. Se rió y salió corriendo. Alrededor de él, en el piso, comenzaron a aparecer cucarachas que se acercaban a mí. En ese momento caí en cuenta de que habían vuelto las alucinaciones. Siguió un ataque de pánico, y a la clínica una vez más.
Hoy tengo un mes sin salir de mi habitación, estoy internado en un lugar donde los médicos se refieren a mí como el esquizofrénico que ahora también sufre de agorafobia.
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