De palabras a relatos http://danielduquegil.lacoctelera.net Carpe diem. historias breves, mini cuentos, poemas. es-es Cultura cuentos relatos poemas http://s3.amazonaws.com/lcp/danielduquegil/myfiles/escribiendo65x65.JPG De palabras a relatos http://danielduquegil.lacoctelera.net the-shaker v0.1. More on http://www.the-shaker.com ¡Eh amigo! http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2009/11/01/eh-amigo 2009-11-01T18:25:47+00:00
Ya que estoy en Río decido ir a Sao Paulo. Me explican que para comprar el boleto de bus vaya a “Rodoviária”. En la parada le saco la mano al ómnibus que dice: “Rodoviária” y el chofer (motorista), negro, bien gordo, abre la puerta y me grita sonriendo: “¡Eh, amigo!”. Cuando entro me extiende su mano, le doy la mía, me la aprieta con fuerza y vocifera: “Muito bom!” Me da risa, pago el pasaje, y veo que el cobrador también ríe. Al sentarme pienso que tanta efusión en un recibimiento no la dan ni en los tours contratados. La alegría sincera vale más que todo y no se puede comprar.
Saco mi libreta de notas para anotar lo que acaba de pasar y recordarlo a la hora de escribir sobre el humor carioca. Y en eso, escucho al chofer que comienza a cantar a todo gañote. Su voz es melodiosa, la letra de la canción repite: “Meu coração, meu coração”.Volteo alrededor para ver a los otros pasajeros, algunos le prestan atención, ríen, niegan con la cabeza, otros miran para afuera como si no estuviera pasando nada particular.
El motorista deja de cantar porque ve a una exuberante garota que cruza la calle en minifalda, tacos, sobándose la melena, le grita: “Amor, sobe que nós vamos para onde vocâ quiser!”. Una vez escuché que gritar era una de las mejores formas de drenar el estrés. Esa debe ser una de las razones por la que los brasileiros lucen tan despreocupados. Acá es bastante normal escuchar alaridos de alegría o de reclamo.
El chofer vuelve a cantar. Hay mucha cola, el bus está detenido y un obrero (negro también) de una construcción que tenemos al lado comienza a cantar con él. Ya esto me parece demasiado. Me siento inserto en una comedia musical. Ambos tienen ritmo y buena voz, saben que la música les pertenece. En la estación del Metro Praça Onze leí que toda la vida el ser humano convive con un ritmo marcado por su corazón.
El tráfico está muy pesado, pero eso no molesta al chofer que cuando no canta, grita: “Queridoooo isto está parado!” –dirigiéndose al chofer de al lado–. Luego le señala al cobrador a una gordita que pasa por la calle: “Ela é feia mas não se preocupa, com o que sabe ou que pode fazer”. Le pregunta a otro chofer de autobús si puede hablar con una pasajera buenamoza que está sentada en la primera ventanilla, y luego le pregunta a esa pasajera: “Oi gata, eu posso falar con ele?”, refiriéndose al chofer.
Así sigue la marcha, él le grita a todas las mulheres voluptuosas que ve al pasar. Intenta adivinarles sus nombres: “María!”, “Isabela!” “Leopoldina!”. Le encantan las rubias. Este es un país de contrastes, Pelé con Xuxa. Es experto, como muchos acá, en hacer juegos con el lenguaje, sabe decir cosas que suenan bien, que tienen gracia, a veces como rapero: “Vocé tem, tem, tem”. A veces como cantante de música góspel: “Vocêêê”.
Pienso que este chofer celebra todos los días de su vida la abolición de la esclavitud. Me parece un ejemplo a seguir. Así deberíamos trabajar todos: ¡disfrutando! Se me viene a la cabeza que él se merece un reconocimiento porque le mejora el humor a la gente, y decido dedicarle un breve texto, tomarle una foto y también grabarlo un poco con mi MP3. Pero también me viene la idea de que posiblemente él se siente frustrado al final del día porque es un artista, un “standupcomediante” que maneja un autobús para ganarse la vida.
Al llegar a Rodoviária, le digo “muito, muito obrigado”, y si supiera hablar un poco más de portugués le hubiera preguntado su nombre, o mejor su apodo porque de seguro tiene alguno, y también le habría dicho que si hubiera más choferes como él, más gente dejaría el auto en casa, y así hubiera menos tráfico. Aunque con la vía despejada tal vez él no hubiera cantado ni gritado tanto, así que como es, es perfecto.
Allá en Río seguirá conduciendo este motorista gozón que ríe, y yo, días después, aún me río con él.

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El alma llanera http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2009/09/02/el-alma-llanera 2009-09-02T04:45:14+00:00

Llegué a Formosa al atardecer. Luego de comer rápidamente, comencé a caminar sin ningún rumbo, tal vez debería decir que comencé a deambular. Aunque, creo que sí sabía lo que quería, quería perderme por esas calles desconocidas. Anduve por varias horas, siempre recto, hasta que salí de las calles asfaltadas y las casas comenzaron a ser cada vez más pobres y esporádicas.
La poca gente con la que me topaba me veía con sospecha. Yo era un bicho raro para ellos y ellos eran grandes extraños para mí. Sólo nos saludábamos rápidamente entre con miedo y vergüenza, y bajábamos el rostro. Los perros me ladraban al pasar. A mis espaldas sentía miradas que custodiaban mis pasos. Al salir de una cuadra, me topé con el mismo motorizado que había visto hacía unos minutos, lo mismo me había pasado con un viejo en bicicleta. Ellos hacían como que no me querían mirar, pero lo terminaban haciendo descaradamente.
Por mi cabeza circulaban las historias tenebrosas del nordeste argentino del libro de cuentos que recién me había terminado en el autobús que me llevó de Resistencia a Formosa. Sospechaba que en cualquier momento uno de estos habitantes me demostraría su gran misterio. Recordaba los personajes: niños con alas, duendes que en realidad eran indígenas que secuestraban y mataban niños, el hijo pródigo que no se perdonaba la pena de no haber visto a su madre muerta y la buscaba todas las noches desenterrando tumbas en el cementerio. Estas imágenes se me mezclaban con las que había escuchado en Buenos Aires. La del taxista que conducía a sus pasajeros al cementerio abandonado y allí se develaba como cadáver; y con las historias escabrosas que me habían contado en Venezuela, como la de La Llorona, esa mujer que pierde a sus hijos y convertida en un alma en pena los busca llorando sin descanso.
De pronto, escuché un silbido que entonó El alma llanera. ¿Cómo podía sonar acá, acá en el culo del mundo, la canción típica de mi país? Volteé y, silencio. Estaba completamente solo, estaba rodeado de monte y de noche. Recordé el cuento de El Silbón de los llanos de Venezuela. Así supe que mis sospechas no eran sospechas, eran certezas.
Tuve plena seguridad de la única verdad, una que era cada vez más inminente. En cualquier momento iniciaría mi propia historia de terror, una de la que aún no se había escrito.

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Crinejas http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2009/08/28/crinejas 2009-08-28T03:07:55+00:00

Estaba a punto de llover.
Lucía terminaba de hacerse sus crinejas frente al espejo, cuando escuchó la voz de su padre que la llamó. La encerró en su cuarto y, hablándole bajito, le dijo que harían algo especial, un juego que sería su gran secreto.
Pasaron meses, años, muchas lluvias.
Ayer, la niña a punto de ser mujer, le confesó a su madre su gran secreto. Ella, le tomó sus crinejas, las acarició tal y como hacía su padre cuando iba a comenzar a jugar, y, hablando bajito le dijo: "si es tu papi quien lo hace, está bien".
Esa tarde de lluvia, Lucía deshizo sus crinejas frente al espejo, y escuchó una voz, esta vez interna, que la llamó.

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We love you http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2008/06/17/we-love-you 2008-06-17T23:14:06+00:00

A pesar de los años que han pasado, recuerdo con exactitud cuando conocí a los Murray. Teníamos pocas semanas en California. Habíamos alquilado un monoambiente en Sacramento. Buscábamos trabajo desesperadamente. Jamás pensé que viviría en los Estados Unidos. Beto me cambió la vida, para bien y para mal.
Esta entrevista era para ser baby-sitter. Kevin me abrió y llamó a su papá con un grito: "¡Daddy!". Mr. Murray se acercó secándose las manos con un trapo de cocina, me invitó a pasar y a tomar un té. Me pareció extraño que fuera él quien me hiciera la entrevista y no la mamá de los niños. A la semana siguiente comencé a trabajar para ellos. Mr. Murray limpiaba la casa, cocinaba, llevaba a los chicos al colegio, compraba flores, hacía un postgrado en la Universidad de California y se sentaba a leer por horas en su escritorio. Mrs. Murray trabajaba todo el día como Ginecóloga en el Sutter Health Sacramento. Nunca llegué a verlos discutir. Los niños, Kevin y Steve, eran educados e inteligentes.
Las primeras semanas fueron la prueba de fuego. Los niños casi no me hablaron, hasta que cedieron. A los meses me sentía parte de la familia. Estaba contenta. Beto encontró trabajo en una pizzería.
A mediados de abril, los Murray viajaron a Los Ángeles y me encargaron el cuidado de sus plantas. En la cocina dejaron una torta para Beto y para mí. Al lado del pastel había un dibujo de una muchacha riendo, alta, flaca, con una cinta en el cabello. Reconocí que lo había hecho Steve. Había otro dibujo de Kevin. Allí estábamos los tres, él, su hermano y yo, tomados de la mano. Debajo decía: "We love you". Vi la foto de la familia en la puerta de la nevera. Estaban sentados en la grama disfrutando de un picnic. Se me salieron las lágrimas.
Pasó la primavera, comenzó el verano y yo me sentía como la hija mayor que tenía que colaborar con la crianza de sus hermanitos. Hasta que Beto me dijo que quería que nos fuéramos a España.
Cuando le conté a los Murray pude notar su tristeza, pero como dignos estadounidenses aceptaron estoicos. Sólo me preguntaron dos cosas: si estaba segura y si necesitaba algo. El corazón se me achicó. Tomé aire, les dije que todo estaría bien y les di las gracias por todo. Trabajaría un fin de semana más. Luego partiríamos a Madrid.
A mi despedida se sumó la de la madre de Mr. Murray. `Grandma´ tenía más de un año con Parkinson, pero aunque se espere la muerte jamás se predice cómo nos afectará. Otra partida que demostraba la constante transitoriedad de la vida, el eterno hello - good bye.
Al entrar a la casa ese domingo (mi último día con los niños), sentí el olor de la tristeza. Abracé a Mr. Murray (algo poco común en estas tierras), él me preguntó si podía ir a ayudar a su papá porque sentía que sería muy doloroso ver qué hacer con los objetos de su mamá, y a la vez tenía que llevar a Kevin al médico porque tenía un brote de alergia.
Abracé a los niños, Mr. Murray me dijo que me esperaban a las 9 de la noche para una cena de despedida en el mismo restaurante al que habíamos ido en mi cumpleaños.
Cuando llegué, `Grandpa´ ya había comenzado a retirar la ropa del closet. A pesar de que él nunca me había visto fumando, me ofreció un cigarrillo que acepté suponiendo que algo del dolor se puede anestesiar con el humo. El fuego se fugó del mechero y reapareció en la conversación. `Grandpa´ me dijo que quería quemar las cartas que le había escrito y mandado a ella cuando recién se conocieron. Pensé que tal vez se estaba apresurando, pero lo que yo pensaba poco importaba; y quizás el fuego era necesario para purificar, y enseñar a mirar hacia delante. Él subió las escaleras y bajó con una caja. Me dijo que encendería la chimenea y entre los dos arrojaríamos todo. Fue a la cocina a buscar kerosén, y en ese momento tomé varios sobres y los guardé en mi chaqueta.
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Han pasado miles de días desde esa mañana.
Hace una semana, Alfonso me llamó para despedirse, me impresioné cuando supe que justo se iba a Sacramento. Pensé en las cartas que había guardado por más de diez años. Le conté la historia y le mostré esos papeles avejentados; él no aguantó la curiosidad y me preguntó si podía leer un poco. "21 de septiembre de 1941. It's impossible for you to know how much I think about you every single day..."
Le pedí que parara. Para mí esas líneas tenían algo de sagradas, no eran para nosotros.
- Te pido, por favor, que le entregues estas cartas a Mr. Murray. Y que le digas que no los he olvidado. Su dirección sigue siendo la misma. Antes de que llegaras busqué en el directorio de California, llamé y hablé con Steve, no puedo creer que ya tenga 17 años. Nosotros mantuvimos el contacto por un tiempo, pero luego se extinguió, parte de esas cosas que se pierden en la vida sin razón. Cuando llamé le dije que era una amiga de su papá y que un conocido que viajaría a California me haría el favor de hacerles llegar algo.
A los tres días, Alfonso tocó la puerta de los Murray, como lo había hecho yo hacía más de una década. También le abrió Kevin, pero su papá no estaba. Alfonso me contó que lo notó tan triste que le preguntó qué le pasaba. Hacía unos minutos habían llamado de la clínica para informar que su abuelo había muerto. Mi amigo le entregó las cartas. Kevin, no tardó en reconocer la letra.
Cuando Alfonzo me contó quedé muda por un rato. Pensé que esas cartas también tenían algo que decirme. Recordé a mi mamá. Marqué a Venezuela. Ella me atendió. Seis horas de diferencia, un océano y años de vida no compartidos nos separaban.
- Mamá
- ¿Tina?, ¿cómo estás mi amor?, tanto tiempo...
- Bien mamá... acá pensando en ti...
Comencé a llorar.
- Ay mi amor... ¿estás bien?
- Sí, te extraño.
- Nosotros también ‘miamor', nosotros te amamos.

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Aquella noche http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2008/06/17/aquella-noche 2008-06-17T04:14:44+00:00

 

Me despertaron unos golpes desaforados. Quedé paralizado, preso del miedo. Dudé si había sido una pesadilla. Jamás sentí temor por la oscuridad, pero esa noche era diferente. Me quise convencer de que los golpes a mi puerta habían sido producto de mi imaginación. Pero apenas recosté mi cabeza sobre mi almohada, comenzaron a tocar de nuevo.
- ¿Quién es? -grité.
Una voz, exactamente igual a la mía, me contestó:
- Soy yo.
Abrí y me encontré conmigo mismo, inmóvil, esperando afuera.

 

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Gracias Dios mío http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2008/05/28/gracias-dios-mio 2008-05-28T21:38:04+00:00

De Barranquilla a Bogotá, de Bogotá a Buenos Aires.
Buscaba triunfar haciendo lo que le gustaba.
Hacía un poco más de cuatro meses, tras trabajar en una película, unas promesas acompañadas de varios números de teléfono de productores de cine y televisión le hicieron sentirse listo para emprender vuelo.
Miró al cielo y dijo: Gracias Dios mío.
Desde que llegó a la capital sureña los llamó repetidas veces, tantas, que desistió.
Dinero en descenso, desesperación en ascenso.
"Debo trabajar de lo que sea".

Ese día no tenía ni para comer ni para pagar la pensión.
Hambre, sudor y lágrimas.
"¿Me debo regresar a Colombia? Dios, ayúdame".
Era cristiano.

"Aquel restaurante en donde comí cuando llegué, que el dueño fue tan buena gente. ¿Se acordará de mí?, era por Palermo, cerca de una plaza..."

Larga caminata.
Más hambre, más sudor, más lágrimas.
"¡Éste es!"

‘Se solicita camarero'.
"Yo, yo necesito el trabajo"

La encargada notó su desesperación. Llamó al dueño del restaurante.

"Jesús, ¿le hacemos una prueba y si todo bien que comience esta tarde?"

Quince propinas.
Miró al cielo y dijo: Gracias Dios mío.
Gracias Jesús.

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La herencia de un Imperio http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2008/05/23/la-herencia-un-imperio 2008-05-23T17:48:41+00:00

“Por la restauración de Lima, en todo el sentido de la palabra”, leí en un letrero colocado en la Casa de la Restauración. “La tea que dejo encendida, nadie la puede apagar”, en la placa de una estatua de Murillo. “Tengo la fortuna de haber nacido en Los Andes que son la revelación de la divinidad, del cosmos”, en un aviso de la campaña “Ama tu comunidad” del Distrito San Isidro.

El barrio de Barranco es tenido como bohemio, las bohemias son diferentes y se parecen. Bares. Bebo Pisco Souer, escucho que lo inventó un inglés en el hotel Maury, en el centro de Lima. Chifas, restaurantes de comida china mezclada con ingredientes de la cocina peruana. Puente de los Suspiros. Leí en una placa: “Al pasar por el puente se siente el silencio propio ensoñador cual si fuera pasada lentamente la página de un libro evocador...”.

Lima es una ciudad que intenta ser romántica. En su Parque del Amor, en Miraflores, se hacen competencias de besos. En sus carreteras al lado del mar se paran “vigilantes” con linternas cuando cae la tarde para alquilar lugares para que los “enamorados” pasen un rato en sus autos.

Lima es una ciudad minada de ruinas y de bares arruinados. El Palace Concert era un lugar de lujo frecuentado por personajes como el escritor limeño Abraham Valdelomar, quien dijo "Perú es Lima, Lima es Palace Concert y Palace Concert soy yo", pero hoy el Palace Concert es "Cerebro", una discoteca de mala muerte . Más bares, el Queirolo, donde se reunían en los 70’s los estudiantes de la Universidad San Marcos, la primera de América, y el bar Cordano, donde se daban cita los intelectuales de los años 20’s, como Martín Adán (autor de la Casa de Cartón, escrita cuando él tenía 16 años), es en ese bar donde se encuentran los mejores tacu-tacus (frijol revuelto con arroz y frito) con sabana (enormes bistecks).

Hay platos de comida que se llaman “carapulcra”, hecho de papa seca, “la causa”, porque se vendía en las calles para reunir dinero para comprar armas y medicinas necesarias en la guerra con Chile. Las señoras lo vendían gritando: ”por la causa, causa, por la causa…” El Cebiche lo inventaron los pescadores cuando comenzaron a comerse los cebos aderezados para matar el hambre.

Atmósfera pesada, ciudad melancólica. Al cielo, por lo gris, lo llaman “panza de burro”. En la noche es más bien una boca de lobo. No se ve ni una estrella. Me cuentan que parte de la rutina diaria de los bomberos es coartar intentonas de suicidio desde el uno de los puentes costeros, que está por encima de grandes rocas que le dicen al “Pacífico”: “hasta aquí llegas”.

Antes de partir de Lima fui a Pachacamac, ciudad dedicada al creador de la Tierra (Pacha: Tierra, Cama: Creador). Grandes avenidas, edificios hechos en proporción. Vestigios de poderosas civilizaciones precolombinas. Perú es la tierra del ombligo del mundo, de leyendas de indios que caminan sobre el agua, de las inexplicables líneas de Nazca, de ciudades de reyes. Pachacamac es una muestra más de a dónde se puede llegar a partir de una creencia. La gran herencia de un Imperio.

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Varias caras http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2007/05/29/varias-caras-2 2007-05-29T07:16:29+00:00

En mi viaje a Santiago de Chile un santiaguino me dijo que la Cordillera de Los Andes les había afectado para bien y para mal.

Relatividad.

Las civilización es imponente, la naturaleza también.
Abundante oferta académica, a costos muy elevados.
Buena calidad de vida, con radiaciones solares.
Subterráneo (metro) impecable, contaminado de publicidad.
Pinochet, odiado y admirado.

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Paraíso perdido http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2007/02/27/paraiso-perdido 2007-02-27T04:08:31+00:00

Cuando Ale me dijo que estaba embarazada no lo pude creer. No lo buscábamos. Entre lágrimas decidimos que naciera. Nuestras vidas darían un gran vuelco que aceptamos con miedo. Cuando le conté a mis padres, ellos no pudieron ocultar su alegría, en cambio, los de Ale armaron un escándalo, incluso asomaron la idea de un aborto.

¿Cómo haríamos?, ¿Dónde viviríamos? No había respuestas.

Poco a poco fuimos inventando. La boda de rigor, muchísimo menos fastuosa a la imaginada por Ale durante años. Un apartamento alquilado. Citas al doctor. ¡Será niño! Escogimos el nombre. Arturo. Meses de ajustes. Espera, miedos. El parto. Arturo falleció. Ale también.

Pasé más de dos meses recluido en casa, la de mis padres, a donde volví. Me despidieron del trabajo por mis ausencias recurrentes. La mayoría de mis amigos me había dejado de llamar, desalentados por mis negativas. Sólo Federico persistió, "Anda Andrés, contéstale", me dijo mi mamá. Lo hice para complacerla. La idea de Fede me pareció descabellada. Irnos a la Gran Sabana a encaramarnos en el Roraima, el tepuy más grande de todos. Fede tenía meses trabajando en Expedición, un programa de TV que documentaba parajes naturales venezolanos. No conocía a sus compañeros de trabajo, y me sentía sin fuerzas, ni para subir las escaleras de mi edificio me alcanzaban las que tenía.

Sin embargo, acepté. Había escuchado que la concentración de energía de los tepuyes era tan fuerte que muchos que los recorrían enloquecían. En esos meses había sentido varias veces que en cualquier momento perdería la razón. Necesitaba hacer algo o no habría vuelta atrás, y esa llamada significaba eso, algo, ¿la mano salvadora? Fede se rió cuando le dije que yo no sabía escalar. El ascenso sería en helicóptero.

Justo una semana después, estábamos sobrevolando el río Orinoco y la selva amazónica, escuchándole al jefe de la expedición que los pemones creen que los tepuyes son dioses que quedaron petrificados.

Al instalarnos en la posada, salí a conversar con el muchacho que nos ofreció sus artesanías en la entrada. Quería indagar acerca de los casos extraños de los que tanto se hablaba que ocurren en la Gran Sabana. Pune, así me dijo que se llamaba, me mostró unos dibujos hechos por él. En todos había una de luz que rodeaba a las inmensas formaciones rocosas. Según él, era común ver luces a su alrededor cuidando a sus dioses protectores que ahora sólo dormían, pero que algún día despertarían. Me contó que mucha gente bajaba de los tepuyes muy cambiada. "¿De qué manera?"- le pregunté. No contestó, dijo que se tenía que ir, se fue corriendo.

Entré y le pregunté a la dueña de la posada acerca de los casos extraños que ocurrían con los tepuyes. Me contó que una noche se despertó por un ruido, cuando se asomó por la ventana vio bajar del Roraima una "bola de fuego", que antes de llegar a la tierra desapareció. No quiso hablar más. Me acosté preguntándome cómo no se sabía más acerca de esto.

A la mañana siguiente, le pregunté al guía de la excursión. "En ocasiones se producen distorsiones del campo visual por el contraste entre la falta de luz y el brillo de las estrellas. Son meros efectos de percepción óptica"- me respondió para aquietarme, pero no le creí, y le conté a Fede que tenía miedo de subir. Se rió, y entre bromas y empujones me obligó a recoger mi mochila y a correr al helicóptero que nos esperaba.

Al llegar a la cima, la sensación era la de estar en otro mundo. Había plantas con hojas gigantes de colores que jamás había visto. Pequeños riachuelos, diminutos lagos, un oasis rodeado de cuevas con estalactitas que formaban figuras hechas de rocas multicolores... El grupo estaba fascinado. Cuando volteé a mirar una palmera, no vi un hueco. Caí. Me fracturé un tobillo.

El médico del grupo me enyesó. Me armaron una carpa, y acordamos que los esperaría allí por un día y una noche. No había forma de ser buscado por el helicóptero y ellos debían terminar de grabar el recorrido hasta el otro extremo de la cima. Fede me preguntó si quería que él se quedara haciéndome compañía. Me negué, lo convencí de que siguiera con el grupo. Nada me pasaría, estaría "todo bien".

Ellos me dejaron comida y me abrazaron todos. Al alejarse, Fede que iba de último me gritó que menos mal que no me fracturé la mano, porque ¡así podía hacerme unas cuantas pajas! No quise salir de la carpa. Me habían advertido que nosotros éramos el único grupo en ese momento en el Roraima. Me dejaron un radio contacto que funcionaba a medias por las interferencias. Luché por no estresarme, el guía me había dicho que no había animales peligrosos. Me encerré en la carpa, intenté dormir, no pude.

A las 4 de la tarde cayó la noche. Una lluviecita interminable me heló hasta el alma. No tenía visibilidad a más de dos metros a la redonda. Todo lo que veía era neblina casi sólida, que perfilaba las rocas y rozaba el suelo. Comencé a sentir un cosquilleo. La sensación de soledad y de fragilidad se adueñaron de mí. Siguieron horas eternas en las que comencé a escuchar ruidos intermitentes. Eran pasos. No me atreví asomarme. Una voz me heló. Era de Ale, la mujer que iba a ser la madre de mi hijo.

"Andrés, sal para que veas a Arturito".

Unas manos tocaron la carpa. Hundieron el techo y los costados. No puedo describir lo que pasó. La locura se adueñó de mí. Tras haber perdido a mi mujer y a mi hijo me estaba perdiendo a mí mismo, pero cuando los vi... cuando vi lo mucho que Arturito se parece a mí....

Al despertar ya había amanecido, Ale y el bebé se habían ido. Salí arrastrándome con el yeso, y me encontré con la nada nuevamente. Tuve la sensación de que alguien me miraba detrás de la carpa. Era una sombra que se movía. Pasos nuevamente. Le grité que se detuviera. No contestó. A los pocos segundos las pisadas se desvanecieron. Entonces oí algo perturbador. El llanto de un bebé cada vez más amortiguado por la distancia.

A las horas volvieron Fede y sus compañeros del programa, no me atreví a contarles nada. Se asustaron por mi cara. Me preguntaron mil veces si había pasado algo, que por qué no los miraba a los ojos. Me decían que no hacía frío porque yo no paraba de temblar. Me consolaron, llegó el helicóptero y me llevaron al médico. Le rogué que me ayudara a regresar a la cima de ese paraíso perdido, en donde estuve tras las huellas de mi locura que aún no termino de encontrar.

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Los tepuyes son mesetas especialmente abruptas, con paredes verticales y cimas muy planas (aunque no aplica en todos los casos), compuestas de cuarcitas y areniscas. Son característicos del denominado Escudo de las Guayanas, principalmente en la zona de la Gran Sabana venezolana.

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Potes, frascos, cartón http://danielduquegil.lacoctelera.net/post/2007/02/15/entereza-3 2007-02-15T16:36:40+00:00

Llevaba una gran bolsa con su changuito. Tenía luz para cruzar. Al subir la acera, la bolsa se cayó. Los potes, frascos y cartones quedaron esparcidos por el piso. Levantó la bolsa con esfuerzo y recogió todo lo más rápido que pudo. Aprisionando con sus manos se lastimó. Gesto de dolor. Sangre. Maldijo. Caminó por la vereda, antes de llegar a la media cuadra regresó. Respiró hondo. Buscó un papel para limpiarse. Una servilleta, la manchó de sangre, la tiró. Se sentó en el piso, miró alrededor. Gente de paso acelerado, algunos volteaban hacia él, pero cuando él los veía giraban sus rostros en otra dirección. Al rato se levantó, siguió con su labor. Vio una bolsa de basura frente a un edificio, se acercó, la rasgó, sacó un cartón y un botellón. Volvió a su changuito, hizo un gran esfuerzo para proseguir y partió en busca de más potes, frascos y cartón.

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