Categoría: Relatos de suspenso
2 Septiembre 2009

Llegué a Formosa al atardecer. Luego de comer rápidamente, comencé a caminar sin ningún rumbo, tal vez debería decir que comencé a deambular. Aunque, creo que sí sabía lo que quería, quería perderme por esas calles desconocidas. Anduve por varias horas, siempre recto, hasta que salí de las calles asfaltadas y las casas comenzaron a ser cada vez más pobres y esporádicas.
La poca gente con la que me topaba me veía con sospecha. Yo era un bicho raro para ellos y ellos eran grandes extraños para mí. Sólo nos saludábamos rápidamente entre con miedo y vergüenza, y bajábamos el rostro. Los perros me ladraban al pasar. A mis espaldas sentía miradas que custodiaban mis pasos. Al salir de una cuadra, me topé con el mismo motorizado que había visto hacía unos minutos, lo mismo me había pasado con un viejo en bicicleta. Ellos hacían como que no me querían mirar, pero lo terminaban haciendo descaradamente.
Por mi cabeza circulaban las historias tenebrosas del nordeste argentino del libro de cuentos que recién me había terminado en el autobús que me llevó de Resistencia a Formosa. Sospechaba que en cualquier momento uno de estos habitantes me demostraría su gran misterio. Recordaba los personajes: niños con alas, duendes que en realidad eran indígenas que secuestraban y mataban niños, el hijo pródigo que no se perdonaba la pena de no haber visto a su madre muerta y la buscaba todas las noches desenterrando tumbas en el cementerio. Estas imágenes se me mezclaban con las que había escuchado en Buenos Aires. La del taxista que conducía a sus pasajeros al cementerio abandonado y allí se develaba como cadáver; y con las historias escabrosas que me habían contado en Venezuela, como la de La Llorona, esa mujer que pierde a sus hijos y convertida en un alma en pena los busca llorando sin descanso.
De pronto, escuché un silbido que entonó El alma llanera. ¿Cómo podía sonar acá, acá en el culo del mundo, la canción típica de mi país? Volteé y, silencio. Estaba completamente solo, estaba rodeado de monte y de noche. Recordé el cuento de El Silbón de los llanos de Venezuela. Así supe que mis sospechas no eran sospechas, eran certezas.
Tuve plena seguridad de la única verdad, una que era cada vez más inminente. En cualquier momento iniciaría mi propia historia de terror, una de la que aún no se había escrito.
servido por Daniel
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17 Junio 2008

Me despertaron unos golpes desaforados. Quedé paralizado, preso del miedo. Dudé si había sido una pesadilla. Jamás sentí temor por la oscuridad, pero esa noche era diferente. Me quise convencer de que los golpes a mi puerta habían sido producto de mi imaginación. Pero apenas recosté mi cabeza sobre mi almohada, comenzaron a tocar de nuevo.
- ¿Quién es? -grité.
Una voz, exactamente igual a la mía, me contestó:
- Soy yo.
Abrí y me encontré conmigo mismo, inmóvil, esperando afuera.
servido por Daniel
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27 Febrero 2007

Cuando Ale me dijo que estaba embarazada no lo pude creer. No lo buscábamos. Entre lágrimas decidimos que naciera. Nuestras vidas darían un gran vuelco que aceptamos con miedo. Cuando le conté a mis padres, ellos no pudieron ocultar su alegría, en cambio, los de Ale armaron un escándalo, incluso asomaron la idea de un aborto.
¿Cómo haríamos?, ¿Dónde viviríamos? No había respuestas.
Poco a poco fuimos inventando. La boda de rigor, muchísimo menos fastuosa a la imaginada por Ale durante años. Un apartamento alquilado. Citas al doctor. ¡Será niño! Escogimos el nombre. Arturo. Meses de ajustes. Espera, miedos. El parto. Arturo falleció. Ale también.
Pasé más de dos meses recluido en casa, la de mis padres, a donde volví. Me despidieron del trabajo por mis ausencias recurrentes. La mayoría de mis amigos me había dejado de llamar, desalentados por mis negativas. Sólo Federico persistió, "Anda Andrés, contéstale", me dijo mi mamá. Lo hice para complacerla. La idea de Fede me pareció descabellada. Irnos a la Gran Sabana a encaramarnos en el Roraima, el tepuy más grande de todos. Fede tenía meses trabajando en Expedición, un programa de TV que documentaba parajes naturales venezolanos. No conocía a sus compañeros de trabajo, y me sentía sin fuerzas, ni para subir las escaleras de mi edificio me alcanzaban las que tenía.
Sin embargo, acepté. Había escuchado que la concentración de energía de los tepuyes era tan fuerte que muchos que los recorrían enloquecían. En esos meses había sentido varias veces que en cualquier momento perdería la razón. Necesitaba hacer algo o no habría vuelta atrás, y esa llamada significaba eso, algo, ¿la mano salvadora? Fede se rió cuando le dije que yo no sabía escalar. El ascenso sería en helicóptero.
Justo una semana después, estábamos sobrevolando el río Orinoco y la selva amazónica, escuchándole al jefe de la expedición que los pemones creen que los tepuyes son dioses que quedaron petrificados.
Al instalarnos en la posada, salí a conversar con el muchacho que nos ofreció sus artesanías en la entrada. Quería indagar acerca de los casos extraños de los que tanto se hablaba que ocurren en la Gran Sabana. Pune, así me dijo que se llamaba, me mostró unos dibujos hechos por él. En todos había una de luz que rodeaba a las inmensas formaciones rocosas. Según él, era común ver luces a su alrededor cuidando a sus dioses protectores que ahora sólo dormían, pero que algún día despertarían. Me contó que mucha gente bajaba de los tepuyes muy cambiada. "¿De qué manera?"- le pregunté. No contestó, dijo que se tenía que ir, se fue corriendo.
Entré y le pregunté a la dueña de la posada acerca de los casos extraños que ocurrían con los tepuyes. Me contó que una noche se despertó por un ruido, cuando se asomó por la ventana vio bajar del Roraima una "bola de fuego", que antes de llegar a la tierra desapareció. No quiso hablar más. Me acosté preguntándome cómo no se sabía más acerca de esto.
A la mañana siguiente, le pregunté al guía de la excursión. "En ocasiones se producen distorsiones del campo visual por el contraste entre la falta de luz y el brillo de las estrellas. Son meros efectos de percepción óptica"- me respondió para aquietarme, pero no le creí, y le conté a Fede que tenía miedo de subir. Se rió, y entre bromas y empujones me obligó a recoger mi mochila y a correr al helicóptero que nos esperaba.
Al llegar a la cima, la sensación era la de estar en otro mundo. Había plantas con hojas gigantes de colores que jamás había visto. Pequeños riachuelos, diminutos lagos, un oasis rodeado de cuevas con estalactitas que formaban figuras hechas de rocas multicolores... El grupo estaba fascinado. Cuando volteé a mirar una palmera, no vi un hueco. Caí. Me fracturé un tobillo.
El médico del grupo me enyesó. Me armaron una carpa, y acordamos que los esperaría allí por un día y una noche. No había forma de ser buscado por el helicóptero y ellos debían terminar de grabar el recorrido hasta el otro extremo de la cima. Fede me preguntó si quería que él se quedara haciéndome compañía. Me negué, lo convencí de que siguiera con el grupo. Nada me pasaría, estaría "todo bien".
Ellos me dejaron comida y me abrazaron todos. Al alejarse, Fede que iba de último me gritó que menos mal que no me fracturé la mano, porque ¡así podía hacerme unas cuantas pajas! No quise salir de la carpa. Me habían advertido que nosotros éramos el único grupo en ese momento en el Roraima. Me dejaron un radio contacto que funcionaba a medias por las interferencias. Luché por no estresarme, el guía me había dicho que no había animales peligrosos. Me encerré en la carpa, intenté dormir, no pude.
A las 4 de la tarde cayó la noche. Una lluviecita interminable me heló hasta el alma. No tenía visibilidad a más de dos metros a la redonda. Todo lo que veía era neblina casi sólida, que perfilaba las rocas y rozaba el suelo. Comencé a sentir un cosquilleo. La sensación de soledad y de fragilidad se adueñaron de mí. Siguieron horas eternas en las que comencé a escuchar ruidos intermitentes. Eran pasos. No me atreví asomarme. Una voz me heló. Era de Ale, la mujer que iba a ser la madre de mi hijo.
"Andrés, sal para que veas a Arturito".
Unas manos tocaron la carpa. Hundieron el techo y los costados. No puedo describir lo que pasó. La locura se adueñó de mí. Tras haber perdido a mi mujer y a mi hijo me estaba perdiendo a mí mismo, pero cuando los vi... cuando vi lo mucho que Arturito se parece a mí....
Al despertar ya había amanecido, Ale y el bebé se habían ido. Salí arrastrándome con el yeso, y me encontré con la nada nuevamente. Tuve la sensación de que alguien me miraba detrás de la carpa. Era una sombra que se movía. Pasos nuevamente. Le grité que se detuviera. No contestó. A los pocos segundos las pisadas se desvanecieron. Entonces oí algo perturbador. El llanto de un bebé cada vez más amortiguado por la distancia.
A las horas volvieron Fede y sus compañeros del programa, no me atreví a contarles nada. Se asustaron por mi cara. Me preguntaron mil veces si había pasado algo, que por qué no los miraba a los ojos. Me decían que no hacía frío porque yo no paraba de temblar. Me consolaron, llegó el helicóptero y me llevaron al médico. Le rogué que me ayudara a regresar a la cima de ese paraíso perdido, en donde estuve tras las huellas de mi locura que aún no termino de encontrar.
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Los tepuyes son mesetas especialmente abruptas, con paredes verticales y cimas muy planas (aunque no aplica en todos los casos), compuestas de cuarcitas y areniscas. Son característicos del denominado Escudo de las Guayanas, principalmente en la zona de la Gran Sabana venezolana.
servido por Daniel
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13 Diciembre 2005

Adaptación de “El Solitario” de Horacio Quiroga (Cuentos de Amor Locura y Muerte)
Hace un siglo, en las cercanías de Santiago de Chile, vivían en un taller de joyería una pareja de recién casados. Él era joyero, se llamaba Juan Lorenzo y era bastante enfermizo. Tenía una apariencia descuidada, cuerpo enflaquecido y su rostro estaba en parte cubierto por una rala barba negra. Juan Lorenzo era de sentimientos nobles, bondadoso, honesto, y amaba profundamente a su esposa.
Ella se llamaba Catherine. Era una joven de origen callejero, de una belleza física inigualable. Su cuerpo era esbelto, sus ojos verdes y su cabellera abundante y rojiza. Tenía 27 años, su marido le llevaba 13 años. Catherine era sumamente ambiciosa, se deleitaba por lucir y aparentar.
El taller de joyería, que también era su casa, era un lugar humilde, sin lujos de ninguna clase. Tenía un sótano, en donde Juan Lorenzo trabajaba todo el día. Él amaba su profesión, y contaba con una fiel clientela. Antes de conocer a Catherine había ahorrado con esfuerzo y perseverancia una suma considerable de dinero, pero desde ese momento comenzó a despilfarrar para complacerla con regalos que la alegraran.
Al mes de casados, la relación ya se había hecho insoportable. Catherine pedía lujos de forma incontrolada. Cuanto ganaba Juan Lorenzo era para ella. Él se desvelaba todas las noches trabajando para poderla complacer con sus carísimos caprichos. Ella no tomaba en cuenta los sacrificios de su marido y tomaba las joyas de los clientes para salir a dar sus paseos.
Una tarde Juan Lorenzo notó la falta del prendedor de la señora Betancourt.
- Catherine, ¿no has visto un prendedor de diamantes?
- No, no lo he visto –respondió ella entrando al estudio.
- ¡Santa Madre de Dios!, ¡pero si lo tienes puesto!
La pasión desenfrenada de Catherine, eran las piedras voluminosas, no precisamente por su valor artístico, sino por su brillo, tamaño, y, sobre todo, por su costo.
- ¡Ah! Se me había olvidado -dijo de una manera fingida.
- Te queda bien, pero vamos a guardarlo.
- ¡No!, es mío.
- Catherine, por favor...-le pidió Juan Lorenzo cargado de nervios.
- ¡Cómo te duele pensar que podía ser mío! ¡Qué vil eres! Mañana te lo doy, ahora voy a salir con él.
- No puedes.
- ¿Acaso tienes miedo a que te lo robe?
- No es eso. Podrían verte.
Catherine se arrebató el prendedor, lo arrojó violentamente y se fue a llorar a su habitación.
- No eres feliz conmigo Catherine.
- ¿Feliz?, ¡y tienes el valor de decirlo!, ¿quién puede ser feliz contigo?... ¡pobre diablo!
Al día siguiente le entregaron a Juan Lorenzo un diamante inmenso para que lo montara en su engarce. Era la piedra más grande e impresionante que había pasado por sus manos.
- Un agua admirable... Debe costar una fortuna -Juan Lorenzo tenía la costumbre de hablar en voz alta. No sospechó que estaba siendo vigilado. De pronto ella entró y le dijo:
- ¡Dame ese diamante! ¡No quiero más que eso! ¡Dámelo ya!
- Estás enferma.
- ¡Dámelo o te lo robaré!
- Ca... Catherine -tartamudeó Juan Lorenzo-. Tú no eres una ladrona.
- ¡Ahh! -rugió la mujer enloquecida- ¡Tú eres el ladrón, miserable! ¡Me has robado mi vida, ladrón!
Catherine comenzó a sollozar por horas, hasta que se durmió. En la madrugada, Juan Lorenzo dio por terminada su tarea; el diamante resplandecía firme en su engarce. Con paso silencioso fue al dormitorio. Contempló a Catherine dormida. Le descubrió su seno izquierdo de forma amorosa, y súbitamente le enterró el diamante entero en su corazón.
servido por Daniel
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4 Diciembre 2005

Julián madrugó para ir a correr. Se calzó con sus zapatos deportivos, lavó su cara, y bajó las escaleras de dos en dos. Aún no salía el sol. Se escuchaban los pájaros, las chicharras y algunos gallos. A las dos cuadras comenzó a sentir unos pasos que lo seguían, sonaban como unas alpargatas que caminaban rápido tras él. Volteó, y vio a unos diez metros a un viejo de cabello blanco y ojos desorbitados. Aceleró el ritmo, pero la presencia no se distanciaba. A veces volteaba y no estaba, pero pronto escuchaba de nuevo las alpargatas, y cuando volteaba allí estaba a veces más cerca, otras más lejos. Bañado de sudor, con el corazón brotado, Julián quiso cruzar la calle. Fue arrollado por un auto salido de la nada.
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- Ud. me parece conocido- escuchó Julián.
Al abrir sus ojos, se percató que estaba en una clínica, y que quien le hablaba era un médico cuyo rostro había visto tres veces esa madrugada.
servido por Daniel
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4 Diciembre 2005
Llegué temprano a la cita. Decidí caminar un poco para no aburrirme. Al dar mis primeros pasos, me invadió la tristeza. Vi otros rostros, miradas perdidas, cabizbajas. Cuántos estaban conteniendo las lágrimas. Uno de los signos de la crueldad social es que las lágrimas incomodan.
Roce de miradas. Muchas vidas han cambiado de rumbo después de un cruce de atisbos inesperados.
Mi bolso pesado me recordó todo lo que tenía que hacer antes de que el sol se despidiera. Ese sol que me encandilaba y me sofocaba.
Vi un árbol con hojas color naranja. Sopló una brisa. Desaceleré el paso. Me detuve para grabar la atmósfera en mi memoria.
- “Permiso”- me dijo un tipo después de tropezarme.
Nuevamente me recorrió un sentimiento de desolación: la sociedad es agresiva, irrespetuosa. Vi un muro que tenía basura como raíces, en él había muchos afiches rotos.
Me detuve en un kiosco y leí entre líneas: “KAÉDI FIYÛNÈRTF”. Todos los diarios estaban escritos en varios idiomas que no entendía. La relatividad, lo que es crucial para millones de personas para otros millones no tiene ningún significado.
Compré un bolígrafo, al seguir caminando pensé que no lo necesitaba.
Al otro lado de la calle vi una chica encima de un pedestal acompañando a una estatua, le pintaba la boca de rojo al prócer de la independencia de apellido gracioso.
Volteé a otra dirección en la que escuché una voz que gritó mi nombre, me percaté que era un muñeco de medio metro con cara de payaso que me miraba fijamente. Se rió y salió corriendo. Alrededor de él, en el piso, comenzaron a aparecer cucarachas que se acercaban a mí. En ese momento caí en cuenta de que habían vuelto las alucinaciones. Siguió un ataque de pánico, y a la clínica una vez más.
Hoy tengo un mes sin salir de mi habitación, estoy internado en un lugar donde los médicos se refieren a mí como el esquizofrénico que ahora también sufre de agorafobia.
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servido por Daniel
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