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La Coctelera

De palabras a relatos

Carpe diem. historias breves, mini cuentos, poemas.

1 Noviembre 2009

¡Eh amigo!


Ya que estoy en Río decido ir a Sao Paulo. Me explican que para comprar el boleto de bus vaya a “Rodoviária”. En la parada le saco la mano al ómnibus que dice: “Rodoviária” y el chofer (motorista), negro, bien gordo, abre la puerta y me grita sonriendo: “¡Eh, amigo!”. Cuando entro me extiende su mano, le doy la mía, me la aprieta con fuerza y vocifera: “Muito bom!” Me da risa, pago el pasaje, y veo que el cobrador también ríe. Al sentarme pienso que tanta efusión en un recibimiento no la dan ni en los tours contratados. La alegría sincera vale más que todo y no se puede comprar.
Saco mi libreta de notas para anotar lo que acaba de pasar y recordarlo a la hora de escribir sobre el humor carioca. Y en eso, escucho al chofer que comienza a cantar a todo gañote. Su voz es melodiosa, la letra de la canción repite: “Meu coração, meu coração”.Volteo alrededor para ver a los otros pasajeros, algunos le prestan atención, ríen, niegan con la cabeza, otros miran para afuera como si no estuviera pasando nada particular.
El motorista deja de cantar porque ve a una exuberante garota que cruza la calle en minifalda, tacos, sobándose la melena, le grita: “Amor, sobe que nós vamos para onde vocâ quiser!”. Una vez escuché que gritar era una de las mejores formas de drenar el estrés. Esa debe ser una de las razones por la que los brasileiros lucen tan despreocupados. Acá es bastante normal escuchar alaridos de alegría o de reclamo.
El chofer vuelve a cantar. Hay mucha cola, el bus está detenido y un obrero (negro también) de una construcción que tenemos al lado comienza a cantar con él. Ya esto me parece demasiado. Me siento inserto en una comedia musical. Ambos tienen ritmo y buena voz, saben que la música les pertenece. En la estación del Metro Praça Onze leí que toda la vida el ser humano convive con un ritmo marcado por su corazón.
El tráfico está muy pesado, pero eso no molesta al chofer que cuando no canta, grita: “Queridoooo isto está parado!” –dirigiéndose al chofer de al lado–. Luego le señala al cobrador a una gordita que pasa por la calle: “Ela é feia mas não se preocupa, com o que sabe ou que pode fazer”. Le pregunta a otro chofer de autobús si puede hablar con una pasajera buenamoza que está sentada en la primera ventanilla, y luego le pregunta a esa pasajera: “Oi gata, eu posso falar con ele?”, refiriéndose al chofer.
Así sigue la marcha, él le grita a todas las mulheres voluptuosas que ve al pasar. Intenta adivinarles sus nombres: “María!”, “Isabela!” “Leopoldina!”. Le encantan las rubias. Este es un país de contrastes, Pelé con Xuxa. Es experto, como muchos acá, en hacer juegos con el lenguaje, sabe decir cosas que suenan bien, que tienen gracia, a veces como rapero: “Vocé tem, tem, tem”. A veces como cantante de música góspel: “Vocêêê”.
Pienso que este chofer celebra todos los días de su vida la abolición de la esclavitud. Me parece un ejemplo a seguir. Así deberíamos trabajar todos: ¡disfrutando! Se me viene a la cabeza que él se merece un reconocimiento porque le mejora el humor a la gente, y decido dedicarle un breve texto, tomarle una foto y también grabarlo un poco con mi MP3. Pero también me viene la idea de que posiblemente él se siente frustrado al final del día porque es un artista, un “standupcomediante” que maneja un autobús para ganarse la vida.
Al llegar a Rodoviária, le digo “muito, muito obrigado”, y si supiera hablar un poco más de portugués le hubiera preguntado su nombre, o mejor su apodo porque de seguro tiene alguno, y también le habría dicho que si hubiera más choferes como él, más gente dejaría el auto en casa, y así hubiera menos tráfico. Aunque con la vía despejada tal vez él no hubiera cantado ni gritado tanto, así que como es, es perfecto.
Allá en Río seguirá conduciendo este motorista gozón que ríe, y yo, días después, aún me río con él.

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2 Septiembre 2009

El alma llanera

Llegué a Formosa al atardecer. Luego de comer rápidamente, comencé a caminar sin ningún rumbo, tal vez debería decir que comencé a deambular. Aunque, creo que sí sabía lo que quería, quería perderme por esas calles desconocidas. Anduve por varias horas, siempre recto, hasta que salí de las calles asfaltadas y las casas comenzaron a ser cada vez más pobres y esporádicas.
La poca gente con la que me topaba me veía con sospecha. Yo era un bicho raro para ellos y ellos eran grandes extraños para mí. Sólo nos saludábamos rápidamente entre con miedo y vergüenza, y bajábamos el rostro. Los perros me ladraban al pasar. A mis espaldas sentía miradas que custodiaban mis pasos. Al salir de una cuadra, me topé con el mismo motorizado que había visto hacía unos minutos, lo mismo me había pasado con un viejo en bicicleta. Ellos hacían como que no me querían mirar, pero lo terminaban haciendo descaradamente.
Por mi cabeza circulaban las historias tenebrosas del nordeste argentino del libro de cuentos que recién me había terminado en el autobús que me llevó de Resistencia a Formosa. Sospechaba que en cualquier momento uno de estos habitantes me demostraría su gran misterio. Recordaba los personajes: niños con alas, duendes que en realidad eran indígenas que secuestraban y mataban niños, el hijo pródigo que no se perdonaba la pena de no haber visto a su madre muerta y la buscaba todas las noches desenterrando tumbas en el cementerio. Estas imágenes se me mezclaban con las que había escuchado en Buenos Aires. La del taxista que conducía a sus pasajeros al cementerio abandonado y allí se develaba como cadáver; y con las historias escabrosas que me habían contado en Venezuela, como la de La Llorona, esa mujer que pierde a sus hijos y convertida en un alma en pena los busca llorando sin descanso.
De pronto, escuché un silbido que entonó El alma llanera. ¿Cómo podía sonar acá, acá en el culo del mundo, la canción típica de mi país? Volteé y, silencio. Estaba completamente solo, estaba rodeado de monte y de noche. Recordé el cuento de El Silbón de los llanos de Venezuela. Así supe que mis sospechas no eran sospechas, eran certezas.
Tuve plena seguridad de la única verdad, una que era cada vez más inminente. En cualquier momento iniciaría mi propia historia de terror, una de la que aún no se había escrito.

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28 Agosto 2009

Crinejas

Estaba a punto de llover.
Lucía justo terminaba de hacerse sus crinejas frente al espejo, cuando escuchó que su padre la llamó. La encerró en su cuarto y, usando un tono de voz muy bajo, le dijo que harían algo especial, un juego que sería su gran secreto.
Pasaron meses, años, muchas más lluvias.
Ayer, la niña a punto de ser mujer, le confesó a su madre su gran secreto. Ella, le tomó sus crinejas, las acarició tal y como hacía su padre cuando iba a comenzar a jugar, y, usando un tono de voz muy bajo, le dijo: "si es tu papi quien lo hace, está bien".
Esa tarde de lluvia, Lucía deshizo sus crinejas frente al espejo y escuchó una voz, esta vez interna, que la llamó.

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17 Junio 2008

We love you

A pesar de los años que han pasado, recuerdo con exactitud cuando conocí a los Murray. Teníamos pocas semanas en California. Habíamos alquilado un monoambiente en Sacramento. Buscábamos trabajo desesperadamente. Jamás pensé que viviría en los Estados Unidos. Beto me cambió la vida, para bien y para mal.
Esta entrevista era para ser baby-sitter. Kevin me abrió y llamó a su papá con un grito: "¡Daddy!". Mr. Murray se acercó secándose las manos con un trapo de cocina, me invitó a pasar y a tomar un té. Me pareció extraño que fuera él quien me hiciera la entrevista y no la mamá de los niños. A la semana siguiente comencé a trabajar para ellos. Mr. Murray limpiaba la casa, cocinaba, llevaba a los chicos al colegio, compraba flores, hacía un postgrado en la Universidad de California y se sentaba a leer por horas en su escritorio. Mrs. Murray trabajaba todo el día como Ginecóloga en el Sutter Health Sacramento. Nunca llegué a verlos discutir. Los niños, Kevin y Steve, eran educados e inteligentes.
Las primeras semanas fueron la prueba de fuego. Los niños casi no me hablaron, hasta que cedieron. A los meses me sentía parte de la familia. Estaba contenta. Beto encontró trabajo en una pizzería.
A mediados de abril, los Murray viajaron a Los Ángeles y me encargaron el cuidado de sus plantas. En la cocina dejaron una torta para Beto y para mí. Al lado del pastel había un dibujo de una muchacha riendo, alta, flaca, con una cinta en el cabello. Reconocí que lo había hecho Steve. Había otro dibujo de Kevin. Allí estábamos los tres, él, su hermano y yo, tomados de la mano. Debajo decía: "We love you". Vi la foto de la familia en la puerta de la nevera. Estaban sentados en la grama disfrutando de un picnic. Se me salieron las lágrimas.
Pasó la primavera, comenzó el verano y yo me sentía como la hija mayor que tenía que colaborar con la crianza de sus hermanitos. Hasta que Beto me dijo que quería que nos fuéramos a España.
Cuando le conté a los Murray pude notar su tristeza, pero como dignos estadounidenses aceptaron estoicos. Sólo me preguntaron dos cosas: si estaba segura y si necesitaba algo. El corazón se me achicó. Tomé aire, les dije que todo estaría bien y les di las gracias por todo. Trabajaría un fin de semana más. Luego partiríamos a Madrid.
A mi despedida se sumó la de la madre de Mr. Murray. `Grandma´ tenía más de un año con Parkinson, pero aunque se espere la muerte jamás se predice cómo nos afectará. Otra partida que demostraba la constante transitoriedad de la vida, el eterno hello - good bye.
Al entrar a la casa ese domingo (mi último día con los niños), sentí el olor de la tristeza. Abracé a Mr. Murray (algo poco común en estas tierras), él me preguntó si podía ir a ayudar a su papá porque sentía que sería muy doloroso ver qué hacer con los objetos de su mamá, y a la vez tenía que llevar a Kevin al médico porque tenía un brote de alergia.
Abracé a los niños, Mr. Murray me dijo que me esperaban a las 9 de la noche para una cena de despedida en el mismo restaurante al que habíamos ido en mi cumpleaños.
Cuando llegué, `Grandpa´ ya había comenzado a retirar la ropa del closet. A pesar de que él nunca me había visto fumando, me ofreció un cigarrillo que acepté suponiendo que algo del dolor se puede anestesiar con el humo. El fuego se fugó del mechero y reapareció en la conversación. `Grandpa´ me dijo que quería quemar las cartas que le había escrito y mandado a ella cuando recién se conocieron. Pensé que tal vez se estaba apresurando, pero lo que yo pensaba poco importaba; y quizás el fuego era necesario para purificar, y enseñar a mirar hacia delante. Él subió las escaleras y bajó con una caja. Me dijo que encendería la chimenea y entre los dos arrojaríamos todo. Fue a la cocina a buscar kerosén, y en ese momento tomé varios sobres y los guardé en mi chaqueta.
--
Han pasado miles de días desde esa mañana.
Hace una semana, Alfonso me llamó para despedirse, me impresioné cuando supe que justo se iba a Sacramento. Pensé en las cartas que había guardado por más de diez años. Le conté la historia y le mostré esos papeles avejentados; él no aguantó la curiosidad y me preguntó si podía leer un poco. "21 de septiembre de 1941. It's impossible for you to know how much I think about you every single day..."
Le pedí que parara. Para mí esas líneas tenían algo de sagradas, no eran para nosotros.
- Te pido, por favor, que le entregues estas cartas a Mr. Murray. Y que le digas que no los he olvidado. Su dirección sigue siendo la misma. Antes de que llegaras busqué en el directorio de California, llamé y hablé con Steve, no puedo creer que ya tenga 17 años. Nosotros mantuvimos el contacto por un tiempo, pero luego se extinguió, parte de esas cosas que se pierden en la vida sin razón. Cuando llamé le dije que era una amiga de su papá y que un conocido que viajaría a California me haría el favor de hacerles llegar algo.
A los tres días, Alfonso tocó la puerta de los Murray, como lo había hecho yo hacía más de una década. También le abrió Kevin, pero su papá no estaba. Alfonso me contó que lo notó tan triste que le preguntó qué le pasaba. Hacía unos minutos habían llamado de la clínica para informar que su abuelo había muerto. Mi amigo le entregó las cartas. Kevin, no tardó en reconocer la letra.
Cuando Alfonzo me contó quedé muda por un rato. Pensé que esas cartas también tenían algo que decirme. Recordé a mi mamá. Marqué a Venezuela. Ella me atendió. Seis horas de diferencia, un océano y años de vida no compartidos nos separaban.
- Mamá
- ¿Tina?, ¿cómo estás mi amor?, tanto tiempo...
- Bien mamá... acá pensando en ti...
Comencé a llorar.
- Ay mi amor... ¿estás bien?
- Sí, te extraño.
- Nosotros también ‘miamor', nosotros te amamos.

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17 Junio 2008

Aquella noche

 

Me despertaron unos golpes desaforados. Quedé paralizado, preso del miedo. Dudé si había sido una pesadilla. Jamás sentí temor por la oscuridad, pero esa noche era diferente. Me quise convencer de que los golpes a mi puerta habían sido producto de mi imaginación. Pero apenas recosté mi cabeza sobre mi almohada, comenzaron a tocar de nuevo.
- ¿Quién es? -grité.
Una voz, exactamente igual a la mía, me contestó:
- Soy yo.
Abrí y me encontré conmigo mismo, inmóvil, esperando afuera.

 

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28 Mayo 2008

Gracias Dios mío

De Barranquilla a Bogotá, de Bogotá a Buenos Aires.
Buscaba triunfar haciendo lo que le gustaba.
Hacía un poco más de cuatro meses, tras trabajar en una película, unas promesas acompañadas de varios números de teléfono de productores de cine y televisión le hicieron sentirse listo para emprender vuelo.
Miró al cielo y dijo: Gracias Dios mío.
Desde que llegó a la capital sureña los llamó repetidas veces, tantas, que desistió.
Dinero en descenso, desesperación en ascenso.
"Debo trabajar de lo que sea".

Ese día no tenía ni para comer ni para pagar la pensión.
Hambre, sudor y lágrimas.
"¿Me debo regresar a Colombia? Dios, ayúdame".
Era cristiano.

"Aquel restaurante en donde comí cuando llegué, que el dueño fue tan buena gente. ¿Se acordará de mí?, era por Palermo, cerca de una plaza..."

Larga caminata.
Más hambre, más sudor, más lágrimas.
"¡Éste es!"

‘Se solicita camarero'.
"Yo, yo necesito el trabajo"

La encargada notó su desesperación. Llamó al dueño del restaurante.

"Jesús, ¿le hacemos una prueba y si todo bien que comience esta tarde?"

Quince propinas.
Miró al cielo y dijo: Gracias Dios mío.
Gracias Jesús.

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23 Mayo 2008

La herencia de un Imperio

“Por la restauración de Lima, en todo el sentido de la palabra”, leí en un letrero colocado en la Casa de la Restauración. “La tea que dejo encendida, nadie la puede apagar”, en la placa de una estatua de Murillo. “Tengo la fortuna de haber nacido en Los Andes que son la revelación de la divinidad, del cosmos”, en un aviso de la campaña “Ama tu comunidad” del Distrito San Isidro.

El barrio de Barranco es tenido como bohemio, las bohemias son diferentes y se parecen. Bares. Bebo Pisco Souer, escucho que lo inventó un inglés en el hotel Maury, en el centro de Lima. Chifas, restaurantes de comida china mezclada con ingredientes de la cocina peruana. Puente de los Suspiros. Leí en una placa: “Al pasar por el puente se siente el silencio propio ensoñador cual si fuera pasada lentamente la página de un libro evocador...”.

Lima es una ciudad que intenta ser romántica. En su Parque del Amor, en Miraflores, se hacen competencias de besos. En sus carreteras al lado del mar se paran “vigilantes” con linternas cuando cae la tarde para alquilar lugares para que los “enamorados” pasen un rato en sus autos.

Lima es una ciudad minada de ruinas y de bares arruinados. El Palace Concert era un lugar de lujo frecuentado por personajes como el escritor limeño Abraham Valdelomar, quien dijo "Perú es Lima, Lima es Palace Concert y Palace Concert soy yo", pero hoy el Palace Concert es "Cerebro", una discoteca de mala muerte . Más bares, el Queirolo, donde se reunían en los 70’s los estudiantes de la Universidad San Marcos, la primera de América, y el bar Cordano, donde se daban cita los intelectuales de los años 20’s, como Martín Adán (autor de la Casa de Cartón, escrita cuando él tenía 16 años), es en ese bar donde se encuentran los mejores tacu-tacus (frijol revuelto con arroz y frito) con sabana (enormes bistecks).

Hay platos de comida que se llaman “carapulcra”, hecho de papa seca, “la causa”, porque se vendía en las calles para reunir dinero para comprar armas y medicinas necesarias en la guerra con Chile. Las señoras lo vendían gritando: ”por la causa, causa, por la causa…” El Cebiche lo inventaron los pescadores cuando comenzaron a comerse los cebos aderezados para matar el hambre.

Atmósfera pesada, ciudad melancólica. Al cielo, por lo gris, lo llaman “panza de burro”. En la noche es más bien una boca de lobo. No se ve ni una estrella. Me cuentan que parte de la rutina diaria de los bomberos es coartar intentonas de suicidio desde el uno de los puentes costeros, que está por encima de grandes rocas que le dicen al “Pacífico”: “hasta aquí llegas”.

Antes de partir de Lima fui a Pachacamac, ciudad dedicada al creador de la Tierra (Pacha: Tierra, Cama: Creador). Grandes avenidas, edificios hechos en proporción. Vestigios de poderosas civilizaciones precolombinas. Perú es la tierra del ombligo del mundo, de leyendas de indios que caminan sobre el agua, de las inexplicables líneas de Nazca, de ciudades de reyes. Pachacamac es una muestra más de a dónde se puede llegar a partir de una creencia. La gran herencia de un Imperio.

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29 Mayo 2007

Varias caras

En mi viaje a Santiago de Chile un santiaguino me dijo que la Cordillera de Los Andes les había afectado para bien y para mal.

Relatividad.

Las civilización es imponente, la naturaleza también.
Abundante oferta académica, a costos muy elevados.
Buena calidad de vida, con radiaciones solares.
Subterráneo (metro) impecable, contaminado de publicidad.
Pinochet, odiado y admirado.

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