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Terra
La Coctelera

De palabras a relatos

Historias breves, poemas, cartas.

14 Septiembre 2011

Lo qui ta La po ne

¿Cómo pasó aquello?, bueno, viste, se me vinieron los negros encima. No frené ni loca. Bueno lo siento, es el sistema que me convirtió en una asesina. Pero yo no quiero hablar de eso. Sabés que estoy como loca con el blutuh, lo chupo todo, soy repetera. ¡Qué! Yo también me río de janeiro. Nunca he sido seca ni de concha ni de sonrisa. ¿Que me amargó aquel tipo? Sólo por unas horas. ¿Acaso vos creíste que me iba a hacer una pelotuda igual que él?, directamente, chupala. ¿Los amigos en común? El otro día vi a unos. "Hasta qué hora abro", fue lo que me preguntaron los hijos de la gran puta. Me cago y me meo en todos. A mí que me la pongan de una o se las pongo yo. Chao, un beso que te dejo, me gusta charlar con vos.

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17 Julio 2011

España tiene un color especial

Luego de haberla visto en tantas películas y fotos, de haberla imaginado una y otra vez; estar en ella es de lo mejor que me ha pasado.
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Al llegar a Madrid, me voy a la Plaza Mayor. No hay banquetas, para sentar las posaderas está el asiento más grande del mundo: el piso. Leo en mi pequeña guía de viajes que allí hace siglos se organizaban mercados de ganado, corridas de toros y procesiones religiosas. Doy un vistazo alrededor. Fulgor, juegos de colores, balcones con flores. Me quedo un rato hipnotizado con un lienzo en el que por arte de magia con los trazos de un caricaturista surge el chistoso rostro de Cantinflas.

Bajo por una calle. Una china se me acerca rápido para ofrecerme algo. Me persigue, se me encima. "Leciba masaje pol sólo tle eulo, balato, balaaato".
- ¿Masaje? -Le pregunto con el ceño fruncido.
Ágilmente se me acerca y comienza a amasar mis hombros, le digo que no tengo eulos para dale, pero sigue esmeradamente con su labor. La detengo, le doy las gracias y una moneda (de quinientos bolívares). La pobre china, al ver el metal, queda más china todavía.

Veo con detalle las tiendas, la gente: estatuas vivientes, niños jugando, mochileros. Si viviera en esta ciudad no tendría que viajar al exterior para conocer gente todos los países. Disfruto, como si con cada paso me comiera un pedazo de torta que me quiero tragar entera.

Visito La Latina. Me asomo por la ventana de un restaurante en el que unos músicos tocan flamenco y unas bailadoras hacen lo suyo. Decido almorzar allí, pido un salmorejo. Me deleito, pienso en la música. Cruce de culturas. La cantante hace gestos prominentes. Desangramiento de sentimientos. Cantos melancólicos y alegres, Invocación de dolor y euforia, como en el sexo intenso. Golpes, taconeos, palmas, pausas ¡Anda! ¡Arriba! ¡Vamos guapa! ¡Olé!

El corazón me bombea. Innundación de pasión. La "Madre Patria", la quiero seguir conociendo. Mi emoción cambia de pronto al leer el titular de un diario en un kiosco. "Gobierno español establecerá nuevas medidas en contra de la inmigración latinoamericana". No me parece justo. Nuestros países recibieron a los españoles con los brazos abiertos cuando estuvieron en guerra (a pesar de los miles de perjuicios que nos ocasionaron en la colonización). Recuerdo el comentario que me hizo un español: "Todo el daño en vuestras tierras americanas lo hicieron vuestros abuelos, los míos estaban aquí en Castilla". Me arrepiento de no haberle respondido: Sí, guebón, pero los míos trabajaban para los tuyos.

Me subo al metro. Varios pasajeros leen el diario que regalan en las entradas: "20 minutos.
- Próxima estación (la voz de un hombre).
- San Bernardo (la voz de una mujer).
- Correspondencia con (sus acentos muy castizos).
- Línea 2. Atención. Estación en curva. Al salir, tenga cuidado de no introducir el pie entre coche y andén.

Escucho las conversaciones. Creo que tener solucionados muchos problemas básicos les permite a los españoles pensar en cosas que a los latinoamericanos en su mayoría nos resultan ajenas. Se preocupan por las eternas remodelaciones de los edificios públicos o por la pérdida de intimidad debido a las cámaras de video colocadas en los espacios públicos.
Nuevo anuncio: "Estación Laguna". Una chica le dice a su acompañante:
- ¿Por qué no te bajas?, acá hay una laguna muy bonita.
Un grupo de colegiales planifican juntarse a estudiar.
- Vamos a mi casa y allí comemos.
- ¿Y qué comeremos?
- Arroz
- ¿Arroz con qué?
- Arroz con arroz.
Pero lo gracioso no es sólo lo que dicen, sino cómo lo hacen. Sigo escuchando:

- Hace poco me preguntaron de dónde era, respondí: "Pos oshtia tía, shoy del coño de mi madre".

En "El destornillador", una sección de diario leo el "top ten" de los síntomas de que no duermes lo suficiente. Acá van varios:
10) Siempre te quedas dormido en los aviones y eso que eres el piloto, 9) Practicas el sexo en sesiones de dos minutos, espaciadas por siestas de media hora, 3) Pides a la taquillera del metro un cortado y un croasán, 1) Estás empezando a pensar que tal vez Michael Jackson es inocente.

Recorro la noche de la ciudad con una amiga que tiene más de un año viviendo en Madrid. Me muestra un montón de botellas y vasos tirados en una plaza. Me dice: "Estos tíos sí que saben disfrutar de la buena vida". También me cuenta que según las estadísticas, Madrid es la ciudad con más bares del mundo, incluso muchos de ellos sólo tienen una mesa, o dos. "En cualquier esquina se consigue uno y, por lo general, están petaos (a reventar)". Entramos a uno y conversando se nos hacen más de las dos de la mañana, cuando bajan la música gradualmente, comienza otra canción: "Una más y no jodemos más".

Nos vamos a otro bar, Lamiak (lamido en vasco). Conversamos con Igor, un donostiarra, nos cuenta de la aprobación del matrimonio gay en España. Le digo que leí en "El País" una crítica del PP que decía que los gays no debían casarse porque eran de naturaleza promiscua. Igor: "Si los heteros no fueran igual de promiscuos, no existirían los puticlubs, ¿o es que los del PP no van de putas? En un famoso hotel de la Castellana se la pasa la flor y nata de la derecha, y los travestís son los que más le gustan. Al salir, se bañan en casa y organizan una manifestación a favor de la familia. Esos fascistas aplican la de: haz lo que yo digo pero no hagas lo que yo hago".

Me voy para Alcalá de Henares y al frente de una casa leo: "Aquí nació Miguel de Cervantes Saavedra. El manco sano, el famoso todo, el escritor alegre, el regocijo de las musas".

Me encuentro con un grupete de chicos que juegan en una plaza con armaduras, cascos y espadas de plástico. Unos amarran a los otros en un poste. Supongo que ensayan una obra de teatro. Les pregunto si puedo tomarles una foto.
- Sí puedes, aunque mañana seguro aparecemos en la primera página del periódico: "Grupo antiglobalización se encadena para protestar por la asistencia de Bush a los funerales del Papa".

En la parada del bus veo a una niña coqueta con su papá. Le pregunto al señor si le puedo tomar una foto a la niña y me responde que le pregunte a ella.
- Nena, ¿te puedo tomar una foto?
- Sí, pero sólo porque el autobús se está tardando mucho.

En el bus, suena Mecano. Me siento al lado de un brasileño. Le pregunto de qué vive, me cuenta que un amigo le paga 40 euros diarios por ayudarlo a pintar casas. Se me ocurre que esta podría ser una opción para mí. Pintar paredes no debe ser tan difícil.

Al llegar a Madrid me llevo la gran sorpresa de encontrarme en el metro a una finlandesa a quien conocí en Caracas, a donde ella fue a estudiar un año de su carrera. Me pregunta por los amigos en común. "Cuéntame de Masacre, Sarna, Alzheimer". A ella le encantan los latinos. Me dice que esta semana le presentaron a un tipo simpático, pero que no tenía nada de sangre negra ni india, es decir: "no tenía nada de interesante".

Me entregan una publicidad del campeonato mundial de Taekwondo. Es ahora. Llego al estadio, se enfrentan España con Colombia. Desde las gradas se escucha el grito "¡Qué se pique, qué se pique, eh, eh!". Le pregunto a una pareja si Venezuela ya compitió. Él me contesta en son de broma: "no colega, pero eso es lo que estamos esperando". Interrogo a los organizadores. Me responden que sí compitieron, y que ya también fueron descalificados. Eso me desanima un poco. Venezuela era muy buena en Taekwondo pero cuando aún no era un deporte olímpico. Busco la bandera de mi país, pero no veo a la gente de nuestra selección, me los imagino paseando por la ciudad.

Al salir del estadio me encuentro con una escultura gigante: el dolmen de Dalí, con sus tres columnas de unos seis metros de altura que sostienen una gran roca. Pasa una señora y me dice que antes la estatua estaba arriba de la roca. Le pregunto por qué la bajaron.
- ¡Anda!, porque una vez más han hecho una cagada.
Y sigue su camino.

En una baldosa del piso está grabada una frase de Dalí: "En un Universo infinito cualquier punto puede ser su centro. Cada uno de nosotros se yergue en este punto".

En el bus de regreso a mi hotel, la chica con quien comparto asiento, que no pasa de los 20 años, me cuenta que su novio le lleva 15 primaveras.
- ¿Cómo lo conociste?
- Antes estuve con tres amigos de él.... A los tres les cortaba el cabello. Yo soy peluquera.
Me asomo por la ventaba y leo un graffiti: "Papa puto, a Dios rogando y la bolsa llenando".
Es mi última noche en Madrid, ya me toca regresar al Caribe, a lo que supuestamente está en vía de desarrollarse. Me voy a brindar en el Museo del Chicote, un bar famoso de la Gran Avenida. Pido la cerveza más cara de mi vida, me pongo a ver las fotos de los famosos que han visitado el bar. Veo a Victoria Abril que me encanta, a Javier Bardem, y veo a Javier Bardem, en persona, lo veo por la ventana, caminando tranquilo por allí. Dejo la cerveza más cara de mi vida y me voy a saludarlo. Le doy la mano, le digo que lo admiro, me da las gracias, sigue caminando. Le pregunto a dónde va. Me dice que va a la tienda de su mamá que se llama la Bardencilla y queda en Chueca. No lo puedo ni creer, no sé si seguirlo. Me voy a hacer mi maleta.

Yendo al aeropuerto escucho la canción "Sevilla tiene un color especial". Toda España tiene un color especial.

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22 Noviembre 2010

Alicia Vicenta, la rana reina

Alicia Vicenta daba saltos por el bosque sin nada que hacer, hasta que algo le cambió todo su acontecer.
Encontró una corona, muy dorada, muy brillante, que estaba hecha de oro y diamantes.

Cuando se la calzó en su cabeza, se sintió como una gran reina, mucho más importante que una princesa.
Aunque la corona le pesaba y también le molestaba, Alicia Vicenta suspiraba por estar al fin coronada.

Muy pronto notó que los animales del bosque la miraban con asombro, y ella comenzó a verlos por encima del hombro.
Se hizo famosa. "Alicia Vicenta, la rana reina" la llamaban. Se sentía hermosa, preciosa.
Por las tardes miraba y adulaba su corona: "eres mía, eres la más hermosa, corona mía, me he convertido en una diosa".

Una mañana Alicia Vicenta se despertó y dio su primer salto madrugador. Saltó tan alto, pero tan alto, que casi se cae por un barranco.
Alicia Vicenta estaba muy ligera, muy contenta se sintió, tanto que una carrera de saltos dio.
Aunque la alegría se le acabó cuando el mono le preguntó:
- Alicia Vicenta, ¿ahora serás atleta?, ¿ya no serás más la rana reina?
Ella extrañada lo miró, hasta que cayó en cuenta de lo que le pasó.
- ¡Oh Mono!, he perdido mi corona. Estoy triste, estoy que lloro. ¡Mi corona de diamantes es lo que imploro! ¡Mono, ayúdame ya!, quiero mi corona aunque esté en el más allá.
- Pero Alicia Vicenta, olvídala ya. Si cuando te vi corriendo y dando saltos, pensé que el deporte era tu nuevo encanto. Alicia Vicenta tienes talento, sería bueno que lo aproveches en este momento.
La rana respondió:
- Yo no quiero ser deportista, ni maratonista. Quiero mi corona de oro y diamantes. Ayúdame mono, por Dios, no seas tan flojo hazme el favor.
- No puedo ahora, Alicia Vicenta, estoy haciendo las de pichonero, por no decir, las de niñero. Cuido los hijitos de Mamá Pájara, que ella está buscándoles la cena. Deberías tú ayudarla a ella. Hay escasez de gusanos, me lo dijo el marrano.
Alicia Vicenta se molestó:
- ¡¿Cómo no te das cuenta de la importancia de mi corona?! ¡Dejarla perder sería más que un disparate! ¡Tú lo que estás es loco de remate!

Alicia Vicenta corrió y corrió, o mejor dicho, saltó y saltó, pero no sabía hacia dónde ni por dónde. Su único deseo era ver el resplandor que antes brillaba en su cabeza.
Aunque ahora podía andar más, se sentía perdida, casi rendida. Cuando volteó a las alturas, a Mamá Pájara vio, y saltando y gritando le preguntó por si la vio.
- No, Alicia Vicenta. No he visto esa corona. Mis pichones tienen hambre y casi tengo hasta calambres. Más bien tú dame una manito, entre las dos seguro encontramos unos gusanitos.
Alicia Vicenta le gritó.
- Pero Mamá Pájara, ¿cómo no entiendes? Te he dicho que perdí lo más valioso para toda la gente. De oro y diamantes está hecha, ¡mi corona, mi diadema! Siento que me hirieron con una flecha, y me han dejado toda maltrecha.
- Yo sigo, pero antes de irme te recuerdo algo: la vida de mis hijos no tiene precio, y ten por seguro que vale mucho más que el oro, muchísimo más que un gran tesoro. En cambio tu corona no tiene ni alma por más cara que sea, ni acá ni en donde sea.

Mamá Pájara voló y Alicia Vicenta saltó, desesperada, malhumorada, hasta que en un hueco cayó, era la madriguera del Topó Llorón. En cuanto lo vio, le imploró:
- ¡Topo Llorón!, ¡yo también quiero llorar!, ¡he perdido mi corona!, ¡la necesito ahora!
- Yo no la he visto -respondió entre sollozos-, y aunque por ti me quiera lamentar, tengo mucho que trabajar antes de que al invierno se le ocurra llegar. Ahora que te veo, una idea se me ocurre, ¿me podrías colaborar a sacar un poco toda esta mugre?
- Pero Topo Llorón, ¿qué te pasa? Será que de tanto llorar se te olvidó cómo pensar. No tengo tiempo para ayudarte ni para consolarte, yo tenía una corona de oro y diamantes, ¡y necesito encontrarla cuanto antes!
Alicia Vicenta emprendió su carrera y llegó hasta la carretera. El cansancio la venció y dormida se quedó.

Al poco rato vio un resplandor, saltó y saltó hasta que llegó a su alrededor. Rodeada de coronas se encontró, eran casi un millón.
"¡Coronas mías, las extrañé de noche y día! ¡Ahora seré la rana reina de las reinas! ¡Me siento bella, seré toda una estrella!".
Alicia Vicenta se las comenzó a poner, y su cuello le comenzó a doler. Así pasó la mañana y la tarde hasta que se le hizo re tarde.
Alicia Vicenta ahora tenía hambre, pero no podía apartarse ni siquiera un instante.
De pronto se sintió muy solita, porque una reina necesitaba una corte, aunque sea chiquita.
Los otros animales, tendrían que alabarla, más que quererla, les correspondía adorarla.
En eso, un gran ruido escuchó. La bocina de un auto la despertó, la pobre Alicia Vicenta casi murió. Las coronas eran un sueño, sólo una realidad de ensueño.

Alicia Vicenta agradeció que la vida la razón le devolvió. Sacudió su cabeza para sacarse la pereza. En eso vio un gusanito surcando un caminito, y pensó en Mamá Pájara y en sus pichoncitos. Allá se los llevó, Mamá Pájara le agradeció, y la invitó a tomar un té en el árbol.
Cuando Alicia Vicenta se despidió, Mama Pájara le dijo algo que la sorprendió.
- Alicia Vicenta, ahora eres más simpática que cuando te creías una reina tan antipática. Mejor dejar la nobleza para la realeza, y dedicarnos nosotros a ser nobles, sin coronas ni tronos ni falsos nombres.
Cuando Alicia Vicenta partió, del Topo Llorón se acordó. Lo fue a visitar a su madriguera y le preguntó si estaba en pie la invitación para remover aquella mugrera.
"Pero por supuesto que sí, claro que oui".
Alicia Vicenta con sus largos saltos echaba la tierra al barranco. Luego compartieron leche y galletas, y contentos se contaron cientos de cuentos.
El Topo Llorón lloraba de risa, le regaló a Alicia Vicenta una ensalada y una mermelada. Como si fuera poco, antes de dejarla ir, le quiso hacer un retrato de su perfil. Así la dibujó, una corona llevaba, pero no en la cabeza, sobre su corazón le brillaba.
Alicia Vicenta alegre y contenta se prometió no aferrarse más a metales ni a perlas. Es que aquella corona, le enseñó a vivir sin fingir.
A su familia quiso ir a ver. En su camino compuso una canción, que entre saltos y saltos, cantó y bailó:

"Lo esencial está lejos de lo material.
Ayudar, y compartir, es lo verdaderamente me hace feliz.
Ni todas las coronas de oro y diamantes del universo, me harían componer tan lindos versos,
En lugar de saltar...¡siento que puedo VOLAR!"

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11 Noviembre 2010

Tania

Te llamas Tania, 33 años, tez blanca, uñas pintadas de rojo. Eres una de las contadas rubias de verdad que hay en Venezuela. Hace dos meses que eres novia de Diego y hoy están cumpliendo un mes de vivir juntos.
Allí estás, fumando un cigarrillo tras otro. En una inhalada te levantas para prender la radio. Las voces que salen del aparato critican el estado del país. La apagas rápido y dices: "Esos hijos de puta, lo único que saben hacer es descargar".
Te asomas por el balcón, parece que estás nerviosa, sigues hablando:
» Pero mira aquel pidiendo cola , recuerdo cuando después de pelear con mi papá me robaba un adorno de la casa, un florero, un reloj, cualquier cosa, y me paraba en la esquina, pero en lugar de pelar el dedo gordo apuntando al aire, mostraba aquel perol. Cuando un carro paraba, hacía negocio, acordaba un precio resolvedor para mis andanzas del día y le preguntaba al comprador: "¿Qué vía tomas tú?"
Vuelves al sofá, abres el periódico, y ves la página de los sociales con extrañeza. En la parte de arriba hay una reseña de una fiesta japonesa, abajo un matrimonio caraqueño. Continúas:
» Los latinos somos unos apropiadores ¡Cómo nos paramos frente a la cámara! ¡Carajo! desbordándonos de un ¡quiero salir en la foto! En cambio, mira los japoneses, ¡qué diferencia!, y pensar que fueron ellos quienes inventaron las cámaras. Siempre firmes, como diciendo: "ok, una foto más". Pero igual ellos también son medio invasores... hay países minados de japoneses, Canadá, EEUU, Brasil...; Venezuela no, porque ellos buscan lo bueno.
» Dicen que yo hablo mucho, pero es mucho mejor hablar mucho que ser un tieso. Yo hablo hasta con las piedras, y eso me ha ayudado siempre. Hasta varios mesoneros me han cobrado menos cuando no llegaba con la plata para pagar la cuenta. Habladera, una picada de ojo de vez en cuando, y eso está listo.
Comienzas a pintarte las uñas de rojo, rojo sobre rojo. Pasas la página del diario, manchando las páginas, y te detienes en la sección de crónicas.
» Ja, muy bien que a este choro al fin lo metieron preso. Me hace recordar cuando yo caí enjaulada. Aquella noche que me encontré a ese par de malandros abriendo mi carro. Les llegué por detrás. Les eché Paralizer, y antes de que pudieran pegar la carrera, ¡tas!, sendas zancadillitas, y a patada limpia los agarré ¡no joda! Saqué toda la rabia que tenía aguantada por años. Dos meses atrás, unas lacras me habían desvalijado la casa. Esos coños e' de madre que me estaban paleando el carro, para mí eran la misma vaina que los otros de tantos cuentos que había escuchado del hampa caraqueña. Maldita sea, cómo no los agarran y les dan con una metralleta a toditos. Pero aquella noche, tremenda oportunidad diosito, me los pusiste en bandejita. Les di con todo, y cuando ya estaba a punto de parar, porque tampoco soy una asesina, pasó una camioneta. Bajaron una ventana y me gritaron: ¡hija de puta! ¡Qué arrechera! A esos tenía que demostrarles lo puta que fue mi madre por haberme parido. Corrí, los alcancé. Les golpeé los vidrios. Y no sé en qué momento llegó la policía. Basta que no los esperes para que veas. De una me transformé. Usé la técnica que me había salvado en otras ocasiones, porque siempre cuesta creer que una tipa educada y rubia puede ser peligrosa. Les dije hablando como una sifrina , que menos mal que llegaron, que aquellos dos que estaban tirados en el piso, casi muertos, eran unos asaltantes que me estaban robando el carro. Que yo era karateca y me defendí para que no me secuestraran. Y que cuando pasó este carro, corrí desesperada a pedirles ayuda para que llamaran a la policía.
» Los pacos hablaron con los de la camioneta. Los pajúos les dijeron que me habían visto destrozándole la madre a esos dos tipos que ni se movían, tal vez estaban muertos o si no, seguro que no podían creer que una mujer les haya desfigurado el rostro y partido unas cuantas costillas.
Tania se rió a carcajada limpia. Encendió otro cigarrillo y siguió contando.
» A los malandros se los llevaron al hospital en una ambulancia. Y a mí en un jeep, de esos con jaulita atrás, directo a la comisaría. Les dije que más les convenía que tuvieran mucho cuidado conmigo, porque si me llegaban a poner una sola mano encima podía hacer que los echaran a todos. Puro acting, en realidad estaba recontra cagada. Si a los hombres les hacían el arropón en las cárceles, a mí no me esperaba algo mejor.
» Me metieron en una celda sola mientras averiguaban mis antecedentes. Creo que pensaron que si me encerraban con otra tipa podría ser peor, o tal vez fue que se creyeron lo de mis influencias.
» Al día siguiente, me tocó llamar a mi tía diputada y me soltaron. Antes de irme, busqué al policía que me preguntó cuando llegué a la comisaría si estaba allí por profilaxia, y le escupí la cara. El tipo se levantó y me alzó la mano. Los otros lo detuvieron, di media vuelta y caminé a la salida pensando que si fuera la Kill Bill los hubiera descuartizado. No quería volver a estar presa, no podía creer que lo había estado ya.
Los ojos te relampaguearon, sus cachetes cambiaron del blanco al rojo. Sigues contando:
» Pasó bastante tiempo para que me volvieran a encanar. La segunda vez fue aquel día que estaba con mis chamos y Chicho en el parque de Los Naranjos. Mis chamos... ¿qué estarán haciendo? El maldito de Miguel lo logró. Cómo voy a creer en la justicia de este país, si ese juez hijo de puta luego de inflar sus bolsillos, sentenció que sólo puedo ver a mis hijos un día a la semana. A ellos les gustaba vivir conmigo. En las noches hacíamos nuestra cueva con los muebles de la sala, y nos metíamos para tripear una de campamento. Un día hicimos una fogata en el balcón y los mamaguebos de los vecinos se quejaron en la junta de condominio.
» Nos acostábamos desnudos en el piso para sentir el frío. Nos turnábamos el centro de la rueda del parque para ver al cielo girando. Nos atragantábamos de helados... "Madre irresponsable, mal ejemplo para sus hijos", dijo el juez hijo de la grandísima perra. Ojalá y se muera el maldito. Es que me le iba a lanzar encima cuando les preguntó a mis chamos si yo les había dado a probar alguna droga. Dentro de unos años quién sabe qué droga les ayudará a huir del dolor de estar separados de mí. Seguro que Miguel les va a lavar el cerebro para que piensen que yo no los quiero... Menos mal que son dos, así no serán tan malcriados. Los hermanos se enseñan mutuamente a ser más desprendidos. Que lo diga Rita que pasó una semana llorando porque Leo le tijereteó su muñeca preferida.
Te quedas callada por un rato, con la mirada extraviada. Te acercas al balcón y escuchas el ladrido de un perro. Recuerdas al Chicho y lo que estabas hablando.
» Chicho, mi Rott Weiller entrenado para matar. Para que atacara bastaba con que le hiciera una señal: una mirada, un movimiento, una palabra. Esa tarde, en el parque, yo tenía puesto los walkman y estaba allí estirándome. No me di cuenta cuando ese sádico se les acercó a Rita y a Leíto, y con unas chupetas los invitó a pasear en carro. Leo agarró a Rita y le dijo al tipo que se fuera. Chicho gruñó. Cuando volteé, el coño de su madre estaba a punto de llevárselos agarrándolos. Grité:
» ¡Chicho, ataca!
» Bastó y sobró. Chicho saltó. Mis chamos me abrazaron las piernas y los volteé para que no vieran. Yo sí miré, claro, no me iba a pelar eso. El tipo corría de un lado al otro con el perro atrás arrancándole unos tajos de sus piernas, mientras sus pantalones blancos se teñían de rojo. Unas viejas gordas empezaron a gritar. Las féminas llegaron corriendo y cuando le iban a disparar al perro:
» ¡Chicho Stop!
» Y corrió hacia mí. Las policías llamaron a una ambulancia para que se llevaran al hombre. Les expliqué que el tipo quería secuestrar a mis hijos y que cuando los tomó por el brazo y los forcejeó, mi Chicho lo atacó por instinto, y que yo por la música no me había dado cuenta, sino hasta que ellas llegaron... Las peazos e' gordas pajúas dijeron que estaban seguras de que yo disfrutaba del espectáculo.
» Las policías me pidieron que agarrara a Chicho porque se lo iban a llevar a la perrera, es decir, lo iban a matar, porque eso es lo que hacen. Y que ese tipo de animal no podía estar en la calle porque atentaba contra la seguridad pública. Le puse la cadena, me la amarré del brazo y les dije que si se lo llevaban a él, también me llevaban a mí. Me respondieron que claro que yo también iba a ir presa. Una vez más tuve que llamar a mi tía, que aunque ya no era diputada, siempre sabía a quién había que pagarle y tenía la plata para hacerlo.
Escuchas el ruido de la puerta, y entra tu Diego muy azorado. Piensas: ¡Al fin!, y dejas de pintarte las uñas, pero al notar su facha sientes miedo. Diego está demasiado pálido, sudado, desconcertado. Él te pregunta por qué tienes esa manía loca de hablar sola, que si estás loca, que cada vez que llega y te escucha desde afuera, piensa que estás con alguien. Él sigue gritando y no te deja hablar. De pronto se te acerca como para darte un golpe, y te revienta un manotazo duro en la cara y corre a encerrarse en la habitación.
Corres a él, ves cómo se acuesta en la cama boca arriba. Saca de su pantalón la pistola que le diste hace un rato. Abre la boca, se encañona el cerebro, paladar mediante. Y ves como aprieta el gatillo.
Quedas petrificada. Sales del cuarto para acercarte al balcón para maldecir una y otra vez.
Piensas en suicidarte, tal y como lo hizo tu mamá. Piensas en tus hijos. Piensas en reivindicarte. Tomas el teléfono para llamar a tu tía. Quieres saber si hay alguna noticia de tus hijos, si sigue con vida el papá. Siempre sospechaste que Diego no tenía la madera para cometer un asesinato que engrosaría las estadísticas del hampa caraqueña, un asesinato que te abriría la posibilidad de recuperar la custodia de tus chamos . Pero supiste convencerlo a Diego. Sabes manipular. La estuviste ligando antes de comenzar a pintarte las uñas. Tal vez todo saldría bien. Siempre hay sorpresas.
Cuelgas el teléfono y vuelves a marcar. Tu tía no contesta. Comienzas a escuchar la sirena de la policía. Sigue repicando. Te acercas al balcón. Estás rodeada.

Esta vez no hay tutía.

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10 Septiembre 2010

Destrozada

Iba en el colectivo lamentándome por no haber llevado mi cédula a la embajada por lo que perdí el viaje. Allí iba con mi reconcomio, o como dicen en la Argentina, haciéndome mala sangre, preocupándome en exceso por algo que seguramente no se merecía tanto.

En eso, me sacaron de mis pensamientos unos fuertes toquidos. Yo estaba bien cerca de la puerta, volteé y lo vi afuera, era un muchacho de unos veinticinco años quien golpeaba y le gritaba al colectivero que le abriera, porque ya habían pasado dos colectivos y no habían parado. Que le abriera, que él tenía que ir a laburar (varias veces he presenciado esta escena en Buenos Aires).

El colectivero continuó su marcha lenta porque había tráfico. Los golpes se hicieron más fuertes. Me dieron ganas de decirle al chofer que nada le costaba abrir la puerta, pero no lo hice porque ya me han mentado la madre por meterme en lo que no me corresponde.

El chico golpeó, golpeó, cada vez con más fuerza, hasta que rompió la puerta de vidrió la que cayó destrozada. De su brazo brotó un gran chorro de sangre. Siempre pensé que esos chorros eran exageraciones de las películas de terror, no lo son.

El colectivero dijo: "Pero este pelotudo, ¡cómo me va a partir la puerta!".

No aguanté más: "¡Qué importa la puerta!, tenga un poco de compasión".

Los pasajeros reaccionaron: "Llévelo a un hospital". "Ese pibe puede morir".

El chofer abrió, y todos nos bajamos despavoridos.

La hemorragia era enorme. Una escena dantesca. La sangre brillante salía de su brazo a presión y no paraba, como no paraba yo de mirarlo acercándose a la vereda dejando el asfalto chorreado de desastre.

Me dieron ganas de llorar. Un señor se sacó su corbata y le hizo un torniquete. Se agruparon varios a su alrededor. "Tranquilo, tranquilo".

Me acerqué para verle la cara. Tenía la mirada perdida. No pude verlo más. Me sentí perdido, mareado, me pregunté mil veces: ¿qué mundo es éste?

Sin saber qué hacer, me metí en un banco para cambiar monedas. Estando en la cola se me bajó la tensión. Me fui a sentar. Perdí mi lugar en la fila. Rogué que ese muchacho se pusiera bien, en eso escuché la sirena de una ambulancia.

Deseé con toda mi intensidad que tanto yo como el mundo entero aprendamos que de nada sirve hacernos mala sangre.
En mi país, a actuar moderadamente se le dice "usar la mano izquierda", creo que es porque es la mano que está más cerca del corazón, y fue con la mano derecha que le dio este pibe a esa puerta hasta destrozarla, al igual que a su paz, y la nuestra.

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16 Agosto 2010

Requiem for a dream

La posibilidad de realizar un sueño transforma nuestra vida.

Esa búsqueda nos puede llenar de tanta fuerza que nosotros mismos nos sorprendemos de lo que somos capaces de hacer. Esa ilusión también puede enceguecernos para así comenzar a andar sin rumbo hasta que la realidad se encarga de hacernos ver, posiblemente de manera tan ruda que nuestra cordura se espanta, para alejarse de nosotros para siempre.

En ese momento, escuchamos algo:

un canto de despedida,

un requiem para un sueño.

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18 Julio 2010

Putita

Al terminar de ducharse por largo rato en ese revisitado sauna, escribió esa palabra con su dedo, sobre el vidrio empañado, por encima de su imagen borrosa.

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21 Marzo 2010

No hay divisiones en la naturaleza

En mi camino desde Buenos Aires hasta La Paz, llegué a una ciudad de la que jamás había escuchado, Tupiza, en el Departamento de Potosí. Leí en la guía turística que esas tierras habían sido habitadas por los chichas, y que a esta ciudad la llaman: "la joya bella de Bolivia".
Cuando llegué al hotel ya era de noche, conversé con el dueño (de apariencia humilde pero con actitud señorial), quien afortunadamente me convenció de tomar una cabalgata al día siguiente. Me fui a descansar a mi habitación desde donde vi cómo el cielo se nubló rápidamente. Cambió la temperatura y comenzó a llover. El concierto del agua cayendo inundó al ambiente de olor a humedad. Desde que crucé la frontera de Argentina (caminando bajo la lluvia) me di cuenta de que esta tierra es convulsionada. Para disfrutarla hay que estar presto a recibir lluviecitas o aguaceros en cualquier momento.
A la mañana siguiente, en cuanto me desperté, ya mi guía me estaba esperando. Me alisté y salí apurado. Él era un muchacho con aspecto indígena, muy jovencito.
- Mucho gusto, me llamo Daniel, estoy listo -le dije un tanto asombrado porque le llevaba casi un metro de diferencia- ¿Qué edad tienes tú?
- Mi nombre es Brayan, tengo 11 años. ¿Vamos entonces?
Tomamos un bus hasta la caballeriza. Subimos a un par de caballos, y nos echamos a andar. Pensé que los caminos por los corríamos parecían cicatrices de la naturaleza.
- ¿Te gusta tu trabajo? -le pregunté a mi enérgico guía.
- Me gusta mucho porque amo a mis caballos y porque cada vez que vengo acá descubro algo nuevo.
- ¿Te gusta mucho viajar?
- Creo que sí, pero jamás lo he hecho, porque ¿quién cuidaría de mis caballos?
Luego de cabalgar por más de dos horas, atravesando valles y montañas, llegamos a un lugar sorprendente rodeado de rocas en equilibrio. Nos bajamos para mirar las formas.
- Allá veo un monje -dije.
- Yo veo a un caballo. Casi siempre veo caballos, porque pienso mucho en ellos, y los caballos están felices o furiosos, según como esté yo esa semana.
- ¿Crees que la naturaleza te comunica cosas?, ¿qué te dice?
- Que le gusta verme, y que vuelva pronto.
Brayan tenía una profunda relación con su tierra. Él se complementaba con sus elementos. Lo hacemos todos, si nos quedáramos sin sol, agua, tierra o aire, moriríamos.
Cuando regresamos al pueblo, le seguí haciendo preguntas:
- ¿Te la llevas bien con la gente de acá?
- Muy bien, cuando paso con mis caballos todo el mundo me saluda.
Me fijé cómo lo hacían. Lo hacían con cariño. "Adiós Brayan", gritaban mientras ondeaban sus manos y sonreían.

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