A pesar de los años que han pasado, recuerdo con exactitud cuando conocí a los Murray. Teníamos pocas semanas en California. Habíamos alquilado un monoambiente en Sacramento. Buscábamos trabajo desesperadamente. Jamás pensé que viviría en los Estados Unidos, pero Beto me cambió la vida, para bien y para mal. Esta entrevista era para ser baby-sitter. Kevin me abrió, y llamó a su papá con un grito: "¡Daddy!". Mr. Murray se acercó secándose las manos con un trapo de cocina, me invitó a pasar y a tomar un té. Me pareció extraño que fuera él quien me hiciera la entrevista y no la mamá de los niños. Me fue bien, a la semana siguiente comencé a trabajar para ellos. Mr. Murray limpiaba la casa, cocinaba, llevaba a los niños al colegio, compraba flores, iba a clases de su postgrado en la Universidad de California y se sentaba a leer por horas en su escritorio. Mrs. Murray trabajaba todo el día como Ginecóloga en el Sutter Health Sacramento. Nunca llegué a verlos discutir. Los niños, Kevin y Steve, eran educados e inteligentes. Las primeras semanas fueron la prueba de fuego. Los niños casi no me hablaron, luego cedieron. A los meses me sentía parte de la familia. Estaba contenta. Beto encontró trabajo en una pizzería. Todo marchaba. A mediados de abril, los Murray viajaron a Los Ángeles y me pidieron que regara las plantas en su ausencia. En la cocina dejaron una torta para Beto y para mí. Al lado del pastel (homemade), había una tarjeta con un dibujo de una muchacha riendo, era alta, flaca, con una cinta en el cabello. Reconocí que lo había hecho Steve. En la segunda cara de la tarjeta había otro dibujo, pero de Kevin. Allí estábamos los tres, él, su hermano y yo, tomados de la mano. Debajo decía: "We love you". Vi la foto de la familia en la puerta de la nevera. Estaban sentados en la grama disfrutando de un picnic. Se me salieron las lágrimas. Pasó la primavera, comenzó el verano y todo seguía igual. Me sentía como la hija mayor que tenía que colaborar con la crianza de sus hermanitos. Cuando me peleaba con Beto, ellos me hospedaban. Una noche, al reconciliarnos de una de nuestras discusiones, Beto me dijo que se quería irse a España. Cuando le conté a los Murray pude notar su tristeza, pero como dignos estadounidenses aceptaron estoicos. Sólo me preguntaron dos cosas: si estaba segura y si necesitaba algo. Al verlos compungidos, el corazón se me achicó. Tomé aire, les dije que todo estaría bien y les di las gracias por todo. Trabajaría un fin de semana más. Luego partiríamos a Madrid. A mi despedida se sumó la de la madre de Mr. Murray. Grandma tenía más de un año con Parkinson, pero aunque se espere la muerte jamás se predice cómo nos afectará. Otra partida que demostraba la constante transitoriedad de la vida, el eterno hello - good bye. Al entrar a la casa ese domingo, sentí el olor de la tristeza, ese era mi último día con los niños. Abracé a Mr. Murray (algo poco común en estas tierras), y él me preguntó si podía ir a ayudar a su papá. Él no quería ver los objetos de su mamá, y tenía que llevar a Kevin al médico que tenía un brote de alergia. Saludé a los niños y antes de irme Mr. Murray me dijo que de allí me fuera a mi casa y que me esperaban a las 9 de la noche para una cena de despedida en el mismo restaurante al que habíamos ido a comer en mi cumpleaños. Cuando llegué, Grandpa ya había comenzado a retirar la ropa del closet. Encubría su tristeza. A pesar de que él nunca me había visto fumando, me ofreció un cigarrillo que acepté para anestesiar el dolor con humo. El fuego se fugó del mechero pero reapareció en la conversación. Grandpa me dijo que quemaría las cartas de sus tiempos de enamorados. Me pregunté si lo había decidido al ver la llama segundos atrás. Pensé que tal vez se estaba apresurando; sin embargo, lo que yo pensaba poco importaba; y quizás el fuego era necesario para purificar, y enseñar a mirar hacia delante. Él subió las escaleras y al minuto bajó con una caja. Me dijo que encendería la chimenea y entre los dos arrojaríamos todo. Grandpa fue a la cocina a buscar kerosén, y en ese momento tomé varios sobres y los guardé en mi chaqueta. -- Han pasado miles de días desde esa mañana. Hace una semana, Alfonso me llamó para despedirse, me impresioné cuando supe que justo se iba a Sacramento. Inmediatamente pensé en las cartas que había guardado por más de diez años. Alfonso se acercó por mi casa. Le conté la historia y le mostré las cartas; él no aguantó la curiosidad y me preguntó si podía abrir una. Estaba fechada del 21 de septiembre de 1941. Alfonso leyó: "It's impossible for you to know how much I think about you every single day..." Le pedí que parara. Le dije: - El favor que te pido es que le entregues estas cartas a Mr. Murray. Y que le digas que no los he olvidado. Su dirección sigue siendo la misma. Antes de que llegaras busqué en el directorio de California y llamé. Hablé con Steve, no puedo creer que ya tenga 17 años. Nosotros mantuvimos el contacto los primeros años, pero luego se extinguió, parte de esas cosas que se pierden en la vida sin razón. Cuando llamé le dije que era una amiga de su papá y que un muchacho que viajaría a California me haría el favor de hacerles llegar algo. A los tres días, Alfonso tocó la puerta de los Murray, como lo había hecho yo hacía más de una década. También le abrió Kevin, pero le dijo que su papá no estaba. Alfonso me contó que lo notó tan triste que le preguntó qué le pasaba. Hacía unos minutos lo habían llamado de la clínica para decirle que su abuelo había muerto. Alfonso le entregó las cartas. Kevin, no tardó en reconocer la letra. Cuando Alfonso me llamó para contarme, quedé muda por un rato, luego le di las gracias y le desee mucha suerte. Sin poder soltar el teléfono, pensé que esas cartas también tenían algo que decirme. Pensé en mi mamá. Marqué a Venezuela. Atendió ella. Seis horas de diferencia, un océano y años de vida no compartidos nos separaban. - Mamá - ¿Tina?, ¿cómo estás mi amor?, tanto tiempo... - Bien mamá... estaba pensando en ti... Comencé a llorar. - Ay mi amor... ¿estás bien? - Sí, sólo es que te extraño. - Nosotros también ‘miamor', nosotros te amamos.
Aquella noche, me desperté por el sonido de unos golpes desaforados. Me senté en la cama, paralizado, con el corazón bombeante, pero durante unos minutos, además de un perro ladrando al fondo y un auto pasando, no escuché nada más. Dudé si había sido una pesadilla. Nadie podía buscarme de esa manera. Hubiera podido acercarme a la puerta y aclarar la situación, pero estaba preso del miedo. Jamás sentí temor por la oscuridad, pero esa noche era diferente. Me quise convencer de que los golpes a mi puerta habían sido producto de mi imaginación, el guión de una de mis pesadillas persecutorias. Pero apenas recosté mi cabeza sobre mi almohada, comenzaron a tocar de nuevo, y más fuerte. Temblando, saqué fuerzas para ir hasta la puerta. - ¿Quién es? -pregunté a los gritos. Una voz, exactamente igual a la mía, me contestó con firmeza. - Soy yo. Abrí por inercia para encontrarme conmigo mismo, inmóvil, esperando afuera.
Gracias Dios mío De Barranquilla a Bogotá, de Bogotá a Buenos Aires. Buscaba un buen destino, oportunidades, aventuras. Hacía un poco más de cuatro meses, unas promesas y unos números de teléfono de productores de cine y televisión le hicieron sentirse listo para emprender vuelo. Desde que llegó los había estado llamando, tanto que desistió. "Debo trabajar de lo que sea". Dinero en descenso, desesperación en ascenso. Ese día no tenía ni un mango para comer ni para pagar la pensión. Hambre, sudor y lágrimas. "¿Me debo regresar a Colombia? Dios, ayúdame". Era cristiano. "Aquel restaurante en donde comí cuando llegué, que la dueña fue tan buena gente. ¿Se acordará de mí?, ¿cómo se llamaba?, era por Palermo cerca de una plaza..." Larga caminata. Más hambre, más sudor, más lágrimas. "¡Éste es!" Un letrero: ‘Se solicita camarero'. "Yo, yo soy el propio" La encargada notó que el chico necesitaba el trabajo. "Franco, ¿le hacemos una prueba y si todo bien que comience esta tarde?" Quince propinas.
“Por la restauración de Lima, en todo el sentido de la palabra”, leí en un letrero colocado en la Casa de la Restauración. “La tea que dejo encendida, nadie la puede apagar”, en la placa de una estatua de Murillo. “Tengo la fortuna de haber nacido en Los Andes que son la revelación de la divinidad, del cosmos”, en un aviso de la campaña “Ama tu comunidad” del Distrito San Isidro.
El barrio de Barranco es tenido como bohemio, las bohemias son diferentes y se parecen. Bares. Bebo Pisco Souer, escucho que lo inventó un inglés en el hotel Maury, en el centro de Lima. Chifas, restaurantes de comida china mezclada con ingredientes de la cocina peruana. Puente de los Suspiros. Leí en una placa: “Al pasar por el puente se siente el silencio propio ensoñador cual si fuera pasada lentamente la página de un libro evocador...”.
Lima es una ciudad que intenta ser romántica. En su Parque del Amor, en Miraflores, se hacen competencias de besos. En sus carreteras al lado del mar se paran “vigilantes” con linternas cuando cae la tarde para alquilar lugares para que los “enamorados” pasen un rato en sus autos.
Lima es una ciudad minada de ruinas y de bares arruinados. El Palace Concert era un lugar de lujo frecuentado por personajes como el escritor limeño Abraham Valdelomar, quien dijo "Perú es Lima, Lima es Palace Concert y Palace Concert soy yo", pero hoy el Palace Concert es "Cerebro", una discoteca de mala muerte . Más bares, el Queirolo, donde se reunían en los 70’s los estudiantes de la Universidad San Marcos, la primera de América, y el bar Cordano, donde se daban cita los intelectuales de los años 20’s, como Martín Adán (autor de la Casa de Cartón, escrita cuando él tenía 16 años), es en ese bar donde se encuentran los mejores tacu-tacus (frijol revuelto con arroz y frito) con sabana (enormes bistecks).
Hay platos de comida que se llaman “carapulcra”, hecho de papa seca, “la causa”, porque se vendía en las calles para reunir dinero para comprar armas y medicinas necesarias en la guerra con Chile. Las señoras lo vendían gritando: ”por la causa, causa, por la causa…” El Cebiche lo inventaron los pescadores cuando comenzaron a comerse los cebos aderezados para matar el hambre.
Atmósfera pesada, ciudad melancólica. Al cielo, por lo gris, lo llaman “panza de burro”. En la noche es más bien una boca de lobo. No se ve ni una estrella. Me cuentan que parte de la rutina diaria de los bomberos es coartar intentonas de suicidio desde el uno de los puentes costeros, que está por encima de grandes rocas que le dicen al “Pacífico”: “hasta aquí llegas”.
Antes de partir de Lima fui a Pachacamac, ciudad dedicada al creador de la Tierra (Pacha: Tierra, Cama: Creador). Grandes avenidas, edificios hechos en proporción. Vestigios de poderosas civilizaciones precolombinas. Perú es la tierra del ombligo del mundo, de leyendas de indios que caminan sobre el agua, de las inexplicables líneas de Nazca, de ciudades de reyes. Pachacamac es una muestra más de a dónde se puede llegar a partir de una creencia. La gran herencia de un Imperio.
En mi viaje a Santiago de Chile un santiaguino me dijo que la Cordillera de Los Andes les había afectado para bien y para mal.
Relatividad.
Las civilización es imponente, la naturaleza también.
Abundante oferta académica, a costos muy elevados.
Buena calidad de vida, con radiaciones solares.
Subterráneo (metro) impecable, contaminado de publicidad.
Pinochet, odiado y admirado.
Cuando Ale me dijo que estaba embarazada no lo pude creer. No lo buscábamos. Entre lágrimas decidimos que naciera. Nuestras vidas darían un gran vuelco que aceptamos con miedo. Cuando le conté a mis padres, ellos no pudieron ocultar su alegría, en cambio, los de Ale armaron un escándalo, incluso asomaron la idea de un aborto.
¿Cómo haríamos?, ¿Dónde viviríamos? No había respuestas.
Poco a poco fuimos inventando. La boda de rigor, muchísimo menos fastuosa a la imaginada por Ale durante años. Un apartamento alquilado. Citas al doctor. ¡Será niño! Escogimos el nombre. Arturo. Meses de ajustes. Espera, miedos. El parto. Arturo falleció. Ale también.
Pasé más de dos meses recluido en casa, la de mis padres, a donde volví. Me despidieron del trabajo por mis ausencias recurrentes. La mayoría de mis amigos me había dejado de llamar, desalentados por mis negativas. Sólo Federico persistió, "Anda Andrés, contéstale", me dijo mi mamá. Lo hice para complacerla. La idea de Fede me pareció descabellada. Irnos a la Gran Sabana a encaramarnos en el Roraima, el tepuy más grande de todos. Fede tenía meses trabajando en Expedición, un programa de TV que documentaba parajes naturales venezolanos. No conocía a sus compañeros de trabajo, y me sentía sin fuerzas, ni para subir las escaleras de mi edificio me alcanzaban las que tenía.
Sin embargo, acepté. Había escuchado que la concentración de energía de los tepuyes era tan fuerte que muchos que los recorrían enloquecían. En esos meses había sentido varias veces que en cualquier momento perdería la razón. Necesitaba hacer algo o no habría vuelta atrás, y esa llamada significaba eso, algo, ¿la mano salvadora? Fede se rió cuando le dije que yo no sabía escalar. El ascenso sería en helicóptero.
Justo una semana después, estábamos sobrevolando el río Orinoco y la selva amazónica, escuchándole al jefe de la expedición que los pemones creen que los tepuyes son dioses que quedaron petrificados.
Al instalarnos en la posada, salí a conversar con el muchacho que nos ofreció sus artesanías en la entrada. Quería indagar acerca de los casos extraños de los que tanto se hablaba que ocurren en la Gran Sabana. Pune, así me dijo que se llamaba, me mostró unos dibujos hechos por él. En todos había una de luz que rodeaba a las inmensas formaciones rocosas. Según él, era común ver luces a su alrededor cuidando a sus dioses protectores que ahora sólo dormían, pero que algún día despertarían. Me contó que mucha gente bajaba de los tepuyes muy cambiada. "¿De qué manera?"- le pregunté. No contestó, dijo que se tenía que ir, se fue corriendo.
Entré y le pregunté a la dueña de la posada acerca de los casos extraños que ocurrían con los tepuyes. Me contó que una noche se despertó por un ruido, cuando se asomó por la ventana vio bajar del Roraima una "bola de fuego", que antes de llegar a la tierra desapareció. No quiso hablar más. Me acosté preguntándome cómo no se sabía más acerca de esto.
A la mañana siguiente, le pregunté al guía de la excursión. "En ocasiones se producen distorsiones del campo visual por el contraste entre la falta de luz y el brillo de las estrellas. Son meros efectos de percepción óptica"- me respondió para aquietarme, pero no le creí, y le conté a Fede que tenía miedo de subir. Se rió, y entre bromas y empujones me obligó a recoger mi mochila y a correr al helicóptero que nos esperaba.
Al llegar a la cima, la sensación era la de estar en otro mundo. Había plantas con hojas gigantes de colores que jamás había visto. Pequeños riachuelos, diminutos lagos, un oasis rodeado de cuevas con estalactitas que formaban figuras hechas de rocas multicolores... El grupo estaba fascinado. Cuando volteé a mirar una palmera, no vi un hueco. Caí. Me fracturé un tobillo.
El médico del grupo me enyesó. Me armaron una carpa, y acordamos que los esperaría allí por un día y una noche. No había forma de ser buscado por el helicóptero y ellos debían terminar de grabar el recorrido hasta el otro extremo de la cima. Fede me preguntó si quería que él se quedara haciéndome compañía. Me negué, lo convencí de que siguiera con el grupo. Nada me pasaría, estaría "todo bien".
Ellos me dejaron comida y me abrazaron todos. Al alejarse, Fede que iba de último me gritó que menos mal que no me fracturé la mano, porque ¡así podía hacerme unas cuantas pajas! No quise salir de la carpa. Me habían advertido que nosotros éramos el único grupo en ese momento en el Roraima. Me dejaron un radio contacto que funcionaba a medias por las interferencias. Luché por no estresarme, el guía me había dicho que no había animales peligrosos. Me encerré en la carpa, intenté dormir, no pude.
A las 4 de la tarde cayó la noche. Una lluviecita interminable me heló hasta el alma. No tenía visibilidad a más de dos metros a la redonda. Todo lo que veía era neblina casi sólida, que perfilaba las rocas y rozaba el suelo. Comencé a sentir un cosquilleo. La sensación de soledad y de fragilidad se adueñaron de mí. Siguieron horas eternas en las que comencé a escuchar ruidos intermitentes. Eran pasos. No me atreví asomarme. Una voz me heló. Era de Ale, la mujer que iba a ser la madre de mi hijo.
"Andrés, sal para que veas a Arturito".
Unas manos tocaron la carpa. Hundieron el techo y los costados. No puedo describir lo que pasó. La locura se adueñó de mí. Tras haber perdido a mi mujer y a mi hijo me estaba perdiendo a mí mismo, pero cuando los vi... cuando vi lo mucho que Arturito se parece a mí....
Al despertar ya había amanecido, Ale y el bebé se habían ido. Salí arrastrándome con el yeso, y me encontré con la nada nuevamente. Tuve la sensación de que alguien me miraba detrás de la carpa. Era una sombra que se movía. Pasos nuevamente. Le grité que se detuviera. No contestó. A los pocos segundos las pisadas se desvanecieron. Entonces oí algo perturbador. El llanto de un bebé cada vez más amortiguado por la distancia.
A las horas volvieron Fede y sus compañeros del programa, no me atreví a contarles nada. Se asustaron por mi cara. Me preguntaron mil veces si había pasado algo, que por qué no los miraba a los ojos. Me decían que no hacía frío porque yo no paraba de temblar. Me consolaron, llegó el helicóptero y me llevaron al médico. Le rogué que me ayudara a regresar a la cima de ese paraíso perdido, en donde estuve tras las huellas de mi locura que aún no termino de encontrar.
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Los tepuyes son mesetas especialmente abruptas, con paredes verticales y cimas muy planas (aunque no aplica en todos los casos), compuestas de cuarcitas y areniscas. Son característicos del denominado Escudo de las Guayanas, principalmente en la zona de la Gran Sabana venezolana.
Iba con su changuito. La bolsa que llevaba era grande. Tenía luz para cruzar. Al subir la acera, el changuito se inclinó, la bolsa se calló. Se regaron los cartones y potes. Levantó la bolsa con esfuerzo, empezó a recoger. Aprisionando con sus manos se lastimó. Gesto de dolor. Sangraba. Maldijo. Caminó por la vereda. Antes de llegar a la media cuadra, regresó. Respiró hondo. Buscó un papel para limpiarse. Una servilleta en el piso. La manchó de sangre. La tiró en la basura. Se sentó en el piso al lado del changuito, miró alrededor. Gente de paso acelerado, algunos volteaban a mirarlo, cuando él los veía giraban sus rostros en otra dirección. Al rato se levantó, y siguió con su labor. Vio una bolsa de basura frente a un edificio, se acercó, la rasgó, sacó un cartón y un botellón. Volvió a su changuito, tuvo que hacer un gran esfuerzo para proseguir. Logró partir en busca de más potes, frascos y cartón.
Su papi la invitó a jugar. Le dijo que sería un juego especial, que no le podía contar a nadie. Para Lucila fue doloroso, confuso, aterrador.
Él le recordó que ese era su gran secreto.
Más tarde sintió miedo y la amenazó.
Lucila se fue marchitando.
Hace un tiempo, la niña a punto de ser mujer, se confesó con su mamá. Ella le acarició el cabello, jugó con sus crinejas, las desató tal y como hacía su papá cuando comenzaba el juego. Le dijo: “si es tu papi quien lo hace, está bien”.